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más allá de las estrellas

marta elvira patiño

Toda la vida he esperado este momento
Si uno es paciente, tarde o temprano los deseos se cumplen, aunque algunas veces, como en mi caso, uno tiene que esperar toda una vida.
Cuántas veces, en nuestra existencia, corremos afanados para alcanzar algo: el tranvía, el turno en una cola, la primera cita con una linda chica.... Corremos para llegar puntuales al trabajo, al colegio o a la entrevista para un puesto obtenido gracias a nuestros méritos o a buenos conocidos. Corremos contra el tiempo aunque sabemos con anticipación que se trata de una carrera desigual. Y, cuando al final llegamos desperados a nuestro objetivo, la mayor parte de las veces ya bastante cansados, descubrimos que no hay tanto placer en lo que tanto buscábamos y ni siquiera sabemos decirnos a nosotros mismos por qué diablos corríamos tanto.
Reflexiono y pienso en los momentos felices de mi vida, que son tantos, hoy lo sé; pero entonces yo no me daba cuenta de la enorme suerte que era vivir ciertas emociones, dejar transcurrir el tiempo conversando con los amigos, mirar el atardecer perdido en los brazos de mi amada o pasear descalzo por playas de suave arena dorada. Pero siempre, incluso en los momentos de soledad, he tenido por compañera una idea fija, casi una obsesión: hacer un viaje interplanetario. Cuando era joven, acostumbraba entretenerme por horas observando el cielo de noche. En esos tiempos comenzaban los primeros viajes de este tipo, tenía dieciséis años y sabía que habría tenido que trabajar duro y ahorrar quizás cuanto para poder tratar de realizar mi sueño; pero ya me imaginaba el cohete interplanetario que lanzaba lenguas de fuego en el despegue y me parecía verlo poderoso precipitarse hacia el espacio labrando el cielo con su estela.
Siempre he seguido esta idea del viaje, bastante común hoy que muchas personas suelen ir a lugares remotos, pero para mí era diferente: ¡era mi Viaje! He vivido obsesionado por esta idea hasta llegar casi a la locura y, heme aquí, finalmente casi cerca del objetivo. Ni siquiera me ha importado mucho que las distancias entre los continentes se hayan ido acortando poco a poco gracias a la estupefaciente velocidad de los nuevos medios de transporte, ni de las invitaciones promocionales de ir para cualquier lado, ni mucho menos de escuchar a viajeros hablar de usos y costumbres tan diferentes pero aún así tan parecidos en todos los lugares visitados. Incluso mi madre, en sus últimos años de vida, pudo ver frecuentemente a sus parientes en América Latina, y adoraba el Gran Túnel Subterráneo que atravesaba el océano y que en pocos minutos era capaz de llevarla a la tierra de sus antepasados. Pero no era así para mí. De hecho, mientras más se facilitaba la posibilidad de viajar de un país a otro, menos deseaba, no sólo salir de mi pequeño pueblito donde vivía, sino casi moverme de mi propio barrio. ¿Qué me había sucedido? ¿Quizás mi alma sensible y orgullosa no podía soportar más la infamia humana de mis semejantes? El genio y el demonio conviven a veces en los mismos semblantes, me he dicho a menudo, pero sin ser convincente, y mi gran suerte, en fin de cuentas, es haber llegado a la vejez sano y salvo, indemne de cometer actos nefastos. He amado, correspondido, apasionadamente; he tratado de decir sólo lo necesario omitiendo lo superfluo, transmitiendo lo que sabía a todos los que me lo pedían, y he tratado siempre de ser honesto y coherente conmigo mismo y con los demás en sintonía con mi modo de sentir y de pensar. Ahora soy como un dios precolombino puro, digno, exigente, y como un dios ahora quiero alzarme hacia los cielos y partir, con el infinito como ruta. Como un dios quiero ser diferente de los comunes mortales y aceptarlos por lo que son. He observado por demasiado tiempo, con el corazón hecho trizas, la ciega destrucción del hombre: padres que venden a los hijos, mujeres usadas como mercancía, fanáticos que en pocos instantes destruyen creaciones sublimes de siglos. ¿Qué habrá hecho el hombre para merecer una existencia tan infausta? Pero, a pesar de eso, nunca he renegado la vida, me siento como más allá del bien y del mal y, en este caos, soy de todos modos feliz, y de esto le doy gracias.
Y ahora, en la ofuscadora lucidez que como destello llega a mis sentidos, veo, finalmente, materializarse mi milagro: ¡Mi Viaje! Me acompañarán el recuerdo de los seres queridos, el sonido de las olas del mar que desde siempre tengo prisioneras en una concha, y la felicidad de ver cada día un nuevo día.
Estoy listo para levantar el vuelo hacia ese mundo desconocido, a donde tantos otros antes que yo han llegado.
Cerraré los ojos.
No, claro, no puedo. Alguien los cerrará por mí.

marta elvira patiño Escritora y periodista mejicana, vive en Roma desde 1985. Entre otros, ha publicado el cuento Naufragio, en ocasión del concurso literario Eksetra de 1999, y ha dirigido con Ana Maria Chica el cortometraje Sogni di donna (Sueños de mujer), sobre la condición de las mujeres inmigradas, en el ámbito de un proyecto de la Asociación No.Di. (Nostri Diritti (Nuestros Derechos)), con la que colabora activamente.

Traducido por: A.M. Gabriela Bustamante Escobedo

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Anno 6, Numero 24
June 2009

 

 

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