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veintiocho ventotto

jamila m.h. mascat

Desde cuando papá se fue el teléfono no suena más. Menos mal.
Habíamos alcanzado un promedio de un Assalamu alaykum cada cuarenta y cinco minutos, entre las llamadas que llegaban y las que se hacían. Cuando digo cada cuarenta y cinco minutos, obviamente, incluyo también la noche, porque muchos familiares viven en América y para ellos la idea de darte un timbrazo al teléfono (a lo mejor el tercero del día) a las dos de la mañana es lo que se dice una buena idea. Si luego no logras quedarte dormido, entonces aprovecha de rezar o cuenta las sure que, tarde o temprano, te dará sueño.

La tipología de llamada telefónica es breve y fútil, ya sólo por el hecho que es una misma persona la que llama varias veces, a menudo a breve distancia de tiempo, a menudo por pocos segundos, pero no lo juraría porque en fin de cuentas, entendía bien poco.
En general, consta de varias fases, de este modo con una sola llamada se habla por turno con toda una familia. Por ejemplo, llamando a Umi es posible hablar también con Maryam, luego con Aisha, luego con el marido de Aisha, después con Sfyya y, si se quiere, también con Rufai. Y viceversa, pero las opciones en mi casa eran mucho más reducidas: yo y papá, papá y yo.
Nos llamamos donde quiera que estemos, sin prestar atención al huso horario. Cuando, perpleja, le preguntaba: “¿Pero no duermen a esta hora?”, componiendo el número a la velocidad de la luz, mi padre respondía asertivo: “Sí, claro, creo que están durmiendo”, y seguía en la línea, haciendo sonar la campanilla esperando que se despertaran.

La familia amplia, que supera sin ningún esfuerzo las mil personas, se distribuyó, después de la guerra civil, por cada rincón de la tierra. Desde Suecia hasta Yemen, de Kenia a Canadá, y he descubierto que hay algunos incluso en Australia. Los matrimonios se anuncian por teléfono y las felicitaciones se hacen por teléfono, ya que con la hambruna de visas que existe, es difícil que un somalí pueda permitirse el lujo de viajar para una fiesta de noviazgo o para un cumpleaños. Ahora, muchos de ellos han obtenido pasaportes respetables para las aduanas del primer mundo, pero la costumbre, madurada en los últimos casi veinte años, de no verse nunca y el entrenamiento en la comunicación telefónica son un potente sustituto del tête-à-tête. Internet permite mandarse las fotos de los hijos que crecen y de sus novios, de modo que si no te recuerdas cuál es Fátima de las cuatro hijas de Ahmed, puedes saberlo abriendo un anexo del e-mail.

Pero hay siempre quien viaja y viajando reparte paquetes, preferiblemente envueltos en bolsas de plástico, de un país a otro. La aspirina de Roma a Cairo, los tejidos de Nairobi a Atlanta, champú y bálsamo de Atlanta a Manchester, etc., porque a pesar de la globalización los precios varían mucho de una parte a la otra. En mi amplia familia, y tal ven en toda África, hay un gusto perverso por los negocios. Llaman business a esta inexplicable compraventa en la cual pagas dos, te llevas tres, revendes cuatro, obtienes ocho, salvo luego perder dinero en transportes o expediciones.

Pero, me estoy yendo por las ramas. El punto no es el teléfono. Es quién te llama, qué es lo que quiere, lo que dice, como cuelgas la corneta, qué piensas inmediatamente después. Si, por ejemplo, después de una llamada te da dolor de cabeza. Si tienes unas ganas incontrolables de beber una cerveza que no deberías. Si te sientes decrépito. O bien todo eso junto, que es lo que me sucede puntualmente todas las veces.

Ayer, Awes me llama desde Londres para decirme que en julio se casa con una tía, somalí también, pero que es de Manchester, y que desde hace cuatro meses trabaja en Londres, por la precisión en el West end, lástima que está por dejar ese trabajo dentro de dos semanas, para luego comenzar a trabajar en otra parte, a fines de abril, en una private company, en la City. Un buen trabajo, me dice. Así, todo de un solo tirón.
Dejándome llevar por el delirio de Awes sobre las experiencias profesionales de su futura mujer, no le pregunto como se llama, como la ha conocido, y sigo por la vía del trabajo, le pregunto: “Pero ¿qué hace?” Ahí comienza a farfullar cosas genéricas sobre admnistration/ construction/ communication hasta nombrar el Government. Vale, no lo sabe.
Entonces, paso a otro argumento: “Cuéntame de este matrimonio, dónde, cómo”.
Me dice que inshallah estárá dividido en dos, que primero habrá la nikah seguida por una fiesta sólo para hombres inshallah y después de tres días la fiesta de las mujeres. Inshallah. Wow! No veo la hora.
Nada peor que estos matrimonios en dos actos. No es que haya ido a tantos, en realidad sólo a dos, en América, aburridísimos.
Además de imaginarme los dos actos, pienso, entre otras cosas, qué hacer con J:
A) lo mando solo, como animal al matadero, a la fiesta sólo para hombres,
B) lo disfrazo para la fiesta sólo para mujeres,
C) se queda en Roma y voy sola.
Creo que será C).

Awes empieza de nuevo, esta vez con su trabajo, sus oportunidades futuras, de nuevo la historia del Government que vuelve como una obsesión.
Finjo interesarme; no finjo más; se nota el aburrimiento; lo capta.
Entonces cambia tono, pasa a mí: “¿Y tú?”. Le explico que gané una beca, una especie de post-doc. Me pregunta tajante – me lo pregunta cada seis meses -: “Pero ¿cuántos años tienes?” Veintiocho. Tengo veintiocho años, casi veintinueve y no me parecen tantos. Una cana a la izquierda – pero una sola – y la primera carie la tuve hace seis meses atrás. Peso tan poco que, por el momento, cada cosa está y se mantiene en su lugar. Un par de signos que dentro de algún tiempo serán arrugas, pero en realidad los tengo desde siempre y preocuparme de eso ahora no tendría sentido.
En Italia todavía soy joven. Un poco menos en Europa donde se me considera adulta, y se me trata regularmente de Usted. Pero para Awes es diferente, para Awes simplemente estoy perdida, sin esperanzas.

Retomo yo el tema del matrimonio: inshallah voy, tal vez me quedo una semana y aprovecho para pasear. Me dice que estará toda la familia, seremos tantos, que la tía no puede faltar. La tía. Pero ¿quién?
La tía soy yo. Nunca había pensado que soy su tía, visto que tiene tres años menos que yo. Su padre tiene sesenta años y, con enorme espíritu de resignación, acepto que me recuerde que somos primos.
Pero Awes nunca antes me había dicho que era su tía.
¿A lo mejor se le ha ocurrido que con la cuestión de los veintiocho puede permitirse llamarme tía? Para mi gran familia no soy joven, ya se sabe. Y aunque no quisiera darle demasiado peso, no sería fácil: de todas formas son unos mil. Nunca he sido joven, desde cuando empecé a frecuentarlos habitualmente, es decir desde cuando tenía dieciocho años, ya a los ojos de muchos, era de una cierta edad.
Con el tiempo he logrado entender que el hecho que no demuestres los años que tienes, no cuenta nada, porque llevarlos bien quiere decir cero cesáreas y/o partos naturales, implica cero trabado, en otras palabras implica mala suerte.

Cuelgo, media hora al teléfono con Awes me basta para toda una temporada. Reflexiono. Pienso que al matrimonio, a hacer el papel de la tía solterona, no voy. A llenarme en la fiesta sólo para mujeres-con-hijos, sin niño no voy.

Y si voy, visto que no puedo inventarme un embarazo, como mínimo me invento un trabajo.

Traducido por: A.M. Gabriela Bustamante Escobedo
Alimaj nace en Roma en 1979 de madre italiana y padre somalí. En 2003 se gradúa en filosofía y en 2008 termina un curso de doctorado en filosofía política. Profundiza a Hegel y Marx, pero también realiza estudios postcoloniales y cultural studies, colabora con la cátedra de Filosofía Práctica de la Universidad La Sapienza y realiza un post-doctorado en la Universidad de Paris 8. Traduce, escribe y hace recensiones. Actualmente viven en París.

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Anno 5, Numero 23
March 2009

 

 

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