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flavia rampichini

Anna trabaja en el centro, en una biblioteca; es una mujer culta e inteligente, pero a veces se siente de veras estúpida, por ejemplo esta tarde. Volviendo a casa del trabajo, toma el metro y, como siempre, se sienta en el primer lugar libre que encuentra. Con un gesto que desde hace tiempo se ha transformado en mecánico, extrae de la mochila la novela que está leyendo y se prepara para sumergirse en las atmósferas creadas por la fantasía de otro, que luego la capturarán con un magnetismo capaz de hacerle olvidar durante todo el trayecto quién es, adónde está yendo y por qué. Pero antes de zambullirse con un suspiro voluptuoso en los abismos de las palabras impresas en la primera página, antes de que la magia transmitida misteriosamente por esas manchas de tinta la substraiga al ambiente circunstante y la lleve de golpe a otra dimensión, da una ojeada al hombre que está sentado a su lado. Tiene la piel un poco oscura, pero no parece magrebí, sino más bien podría ser hindú o paquistaní; joven, buen mozo, sin barba, él también está leyendo. Lee un libro en inglés, parece muy concentrado. Tal vez él también se deja transportar por la lectura a un mundo lejano del mundo real, o tal vez el inglés no es su lengua madre y la traducción de lo que lee le cuesta un cierto esfuerzo. Pero no ha sido tanto la actitud del hombre a llamar su atención, sino más bien el gran bolso depositado a sus pies. Un bolso largo y aparentemente lleno, casi al límite de su capacidad, colocado parcialmente debajo de los asientos. En estos tiempos no da mucho gusto ver bolsones tan grandes en los medios de transporte público, sobre todo si el propietario tiene el aspecto, aunque sea vagamente, medio-oriental. El pensamiento va inmediatamente a los recientes atentados en el metro de Londres: ¿cuántos muertos? Demasiados para acordarse de ello sin un escalofríos de inquietud y repugnancia. El recuerdo la irrita y la molesta: se siente verdaderamente una cretina. No quiere caer en la trampa tendida por los terroristas a la gente común: el efecto que quieren obtener es justamente este, asustarnos, hacer que nuestros viajes cotidianos se vuelvan motivo de angustia, hacer que nuestra realidad de todos los días se distorsione y que nuestras relaciones se alteren por el miedo, hacer que también nosotros nos sintamos en guerra, tal como los iraquíes que desde hace tres años viven en el terror, víctimas de un conflicto injusto desencadenado con falsos pretextos por un occidente hipócrita y sediento de petróleo. Lo último que desea es identificar al Extranjero con el Enemigo, cediendo a la propaganda odiosa del llamado conflicto de civilizaciones. Quiere poder decir, sobre todo a sí misma, que por lo menos en esta batalla será la parte sana de la sociedad la que la ganará: la batalla contra la sospecha, la intolerancia, la cobardía, monstruos generados por el fanatismo de ambas facciones. El hombre sentado a su lado es un tipo cualquiera que está volviendo tranquilamente a su casa. A lo mejor ha ido al gimnasio, o va adonde su hermana que vive fuera de Milán y lleva lo necesario para quedarse con ella un par de días. En todo caso lee, por lo tanto está tranquilo, sin duda no piensa en hacerse explotar en el próximo paradero. Luego cruza la mirada de la muchacha sentada en la fila enfrente de ella. Tendrá más o menos su edad, la cara de una buena muchacha, pálida y rubia. Parece casi asustada, tal vez inundada por el mismo temor por ese bolso realmente demasiado grande, parece buscar en los ojos de la otra viajera una confirmación o una desmentida a sus temores. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Tenemos que resistir. Sí, pero ¿si el bolso realmente estuviera lleno de tritol? Anna sería la primera que volaría, dado que ha tenido el cuidado se sentarse justamente al lado del terrorista. ¡Qué muerte estúpida! Y qué lástima, justo ahora que había dejado de tomar la píldora y estaba tratando de quedar esperando un hijo. Terminar así, desgarrada por una bomba dentro de un vagón del metro, sola como un perro, rodeada por extraños, sin haber dado el último beso a las personas amadas, sin ni siquiera haber hecho testamento (por lo poco que tiene que dejar....), con tantos proyectos aún por realizar. Basta este pensamiento para hacerla tomar una decisión. En el paradero sucesivo, sin hacerse notar, se baja rápidamente del vagón. En el andén se detiene con una sensación de desconcierto y de angustia. Que cobarde. Cobarde, sí, pero viva. Un pensamiento la fulmina al improviso: y si de veras el vagón del cual se ha recién bajado transportara un abominable dispensador de muerte, cuando la bomba explote, ¿cómo logrará acallar dentro de sí el llamado de la chica rubia que estaba sentada frente a ella? Se sentirá vencida por el remordimiento por no haberla advertido, por no haberle transmitido su salvadora intuición, por haberla abandonado con tanta superficialidad e indiferencia a ese horrible destino? Al final, todo es una cuestión de cálculo de las probabilidades. Por esta vez la bomba no estalla, y ella se ha ahorrado tanto el miedo de viajar en compañía de un hipotético cargado de tritol, como la responsabilidad de encender una mecha igualmente peligrosa, la de la sospecha xenófoba y racista. Por esta vez ha hecho la elección justa sin dañar a nadie. Por esta vez todo ha funcionado bien. Por esta vez.

Traducido por A.M. Gabriela Bustamante Escobedo
Flavia Rampichini, nace en 1971, vive en Milán. Doctor en filología clásica, actualmente trabaja en una biblioteca de la Università degli Studi de Milán. En el pasado ha realizado actividades de voluntariado como profesora de italiano para extranjeros, ha frecuentado la Casa para la Paz de Milán y ha formado parte de los Grupos de Acción No violenta. Durante sus estudios, ha estudiado al comediógrafo ateniense Menandro y ha trabajado en la traducción y en el comentario del poeta griego Posidipo de Pella (Posidippo, Epigrammi, traducción y notas de Stefano Pozzi y Flavia Rampichini, introducción de Giuseppe Zanetto, Mondadori 2008). Desde siempre apasionada de lectura y escritura, en pasado ha escrito cuentos breves (cfr. Una sosta (Una parada), "Malvagia" 35, 1994, pp. 60-61); últimamente se deleita escribiendo breves composiciones en rima sobre varios temas: actualidad, no violencia, animalismo, rimas infantiles... (cfr. M. L. King contro Ufo Robot, http://www.peacelink.it/nobrain/a/25684.html). En la Web se ha publicado también una recensión suya del álbum Ritratti (Retratos) de Francesco Guccini (Musa, cantami l'uomo. Francesco Guccini e la libertà di ritrarre (Musa, cántame el hombre. Francesco Guccini y la libertad de retratar), en "Temporis" 2006, 6 (4), disponible en la URL http://www.temporis.info/luglio-agosto2006/dedicato-a.htm).

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Anno 5, Numero 23
March 2009

 

 

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