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el fogonero giovanni colombo de génova

vico terzi

Un día de fines de noviembre, el fogonero Giovanni Colombo de Génova está terminando de comerse la modesta comida que Silvana, su mujer, le había preparado. Desde la ventana de su habitación, podía observar el cielo gris de invierno que se extendía uniforme sobre las casas aferradas más abajo, y luego hasta el puerto y dentro del mar.

Acabó las últimas dos cucharadas de sopa y, luego, con el pan recogió las últimas gotas. Cuando terminó, dejó los servicios en el plato y se volteó, apoyándose en el respaldo. Su mujer de pié junto a la mesa lo miraba triste. El fogonero Giovanni Colombo suspiró profundamente y luego se encendió un cigarrillo.

“¿Estarás aquí el año que viene, para Navidad?”

El no respondió. ¿Cómo podía saberlo? Además, no quería hablar de eso: si se ponía a pensar se le hacía un nudo en la garganta, por eso no lo hacía. Alejaba ese pensamiento, lo depositaba en el fondo, en la trastienda de su cerebro, y no lo miraba. Bajó los ojos, porque no quería que ella viera esa lucha y ese esfuerzo y no quería que ella leyera los pensamientos que se le agolpaban en el corazón. Con el cigarrillo entre los dedos, se levantó de su silla y se colocó delante de la ventana. Se puso a mirar la ciudad, los techos de las casas, que bajaban hasta el puerto, el escorzo de puerto que se podía ver desde su casa....

El cigarrillo se terminó. No habían más excusas para quedarse más tiempo. Se acercó a Silvana, la abrazó fuerte y le dio un beso. Luego, sin mirarla, se dirigió derecho hasta la puerta, tomó el saco que, listo, colgaba de un clavo junto a la puerta, se lo colgó al hombro y salió.

Bajó por las escaleras a pasos lentos, salió hacia la calleja donde se sumergió en el aire frío de casi Navidad. Y desde allí se encaminó hacia el puerto.

* * *

El fogonero Giovanni Colombo, por cada dos semanas que podía estar con su mujer pasaba dos meses embarcado entre Génova y Nueva York: tres semanas de viaje de ida, dos semanas de parada en América y tres semanas de viaje de vuelta. ¿Quién sabe lo que pasaría el año próximo? ¿Si habría estado en Génova para Navidad o en Nueva York? No tenía ganas de hacer cálculos. Cada vez que partía, no quería ni siquiera ver a sus hijos. No tanto por ellos, que pequeños como eran tal vez no entendían. Era él quien se sumergía en una especie de voluntaria apnea para no sentir las emociones, para no abandonarse y para lograr salir adelante.

A veces le habría gustado encontrar otra ocupación. Pero en esa Italia de fin de siglo, con en el bolsillo sólo la tercera primaria, no había logrado encontrar nada. Cuando había presentado solicitud en la Compañía de Navegación Ítalo-Americana habían sido contratados en dos, porque había sólo dos puestos disponibles: uno de fogonero y el otro de escribiente para el embarque. Él y un tal Giorgio Trabucchi habían obtenido los puestos. Y a Giorgio Trabucchi, joven como él, pero sin familia, sin padres, sin ningún vínculo verdadero, aparte un tío que trabajaba en la misma Compañía, lo habían designado escribiente. Justo a él, que muy bien habría podido ir y venir todo el año sin ningún problema, al contrario!! En cambio de fogonero habían puesto a Giovanni Colombo “porque era más fuerte”, le habían dicho. Claro, tenía los hombros más anchos y robustos y los brazos más gruesos. Pero tampoco el Trabucchi era un alfeñique y el fogonero Giovanni Colombo sabía que había sido ayudado por su tío. Y como si no bastara, era justamente Trabucchi quien le timbraba el libreto de embarque a la salida y a la llegada a Génova, cada dos meses. Si al menos no lo hubiera visto, después que en la oficina del personal los habían enviado a los diferentes oficios!! En cambio no: lo tenía que encontrar todas las veces que se embarcaba o desembarcaba, y a la ida y a la vuelta, perenne befa de la suerte, amonestación constante que la vida te da lo que te da y de lo deja..... a menos que tu sepas tomar de ella lo que quieres.

El fogonero Giovanni Colombo era demasiado desprevenido para tomar de la vida más que la miseria que la Compañía, cada mes, le daba como sueldo por los servicios prestados por él en la bodega de sus piróscafos, en esas tres semanas de navegación ida o vuelta por el Atlántico.

* * *

Las tres semanas pasaron como de costumbre, lentas y rápidas al mismo tiempo. El fogonero Giovanni Colombo era nuevo en su oficio y, por lo tanto, siempre le tocaba el turno de noche. Abajo en la oscuridad de la noche, a espalar carbón, abajo en la oscuridad incluso de día, a dormir en litera. A cubierta subía sólo raramente, poco antes de comenzar el turno, o poco después. Así es que veía poco el sol y entraba poco aire fresco en sus pulmones. Las tres semanas de navegación eran tres semanas de carbón, calor, sudor y sueño. De vez en cuando, antes de acostarse, sacaba de la billetera la foto de su matrimonio, él y Silvana afuera de la iglesia. La miraba con la luz débil y amarillenta de la lámpara de la cabina. Por qué lo hacía ni siquiera él lo sabía. No era para suspirar, porque había decidido cerrar la puerta a sus sentimientos cuando estaba embarcado. Y tampoco era para recordar los bellos momentos, porque eso sólo habría traído a flote el dolor que con tanto cuidado él mantenía encerrado en las bodegas de su corazón. Probablemente era para no olvidar el rostro dulce de su mujer, de cabellos lisos, las mejillas redondas y los ojos grandes.

* * *

Por fin llegó a Nueva York. La nave llegaba siempre en la mañana, lo que quería decir que él no terminaba el turno para descansar, sino que, inmediatamente después del atraque, tenía que ir a la cabina, recoger sus pocas cosas y bajar a tierra.

La Navidad ya estaba a las puertas. El cielo era gris. Un cielo de nieve. Los edificios de Manhattan se erguían altos y oscuros detrás de los muelles de atraque del puerto. Su casa se encontraba unas pocas millas más allá (ah, sí, las distancias en América se medían en millas) y para llegar tenía que caminar por una buena hora. Gastar dinero en una carroza o en el ferrocarril estaba fuera de discusión.

Bajó de la nave, pasó por la oficina de la Compañía de Navegación (donde el colega americano de Trabucchi le timbró la libreta, anotando la fecha y la hora de su desembarque), superó las cancelas de inmigración y se sumergió en las fauces de la enorme ciudad.

Mientras caminaba cansado a lo largo de las aceras de la metrópolis, con el saco echado al hombro y sus cuatro pilchas de lana de mala calidad gris, el fogonero Giovanni Colombo de Génova no pensaba en nada. Si no hubiera sido porque los neoyorquinos de entonces, tal como los de hoy, prestaban muy poca atención a lo que sucedía alrededor de ellos, su presencia, su modo de caminar y su mirada vacía habrían despertado la curiosidad – o quizás habrían asustado – de más de una persona.

Pero el fogonero Giovanni Colombo no era anormal. No estaba loco. Era sólo un fogonero que cada dos semanas se embarcaba para pasar tres en alta mar y que habría llevado esa vida por quizás cuánto tiempo.

Llegó a su casa, un edificio popular de ladrillos ennegrecido por el carbón. Naturalmente, vivía en el último piso porque costaba meno. Sacó del bolsillo las llaves, abrió el portón y subió. Los pasos eran lentos, regulares: arriba un piso, arriba otro. Luego uno más. Había llegado frente a la puerta.

Giró la llave en la cerradura, empujó hacia abajo la manilla y entró.

Un olor a sopa caliente le llegó a las narices. Escuchó una silla que se movía... una pisadas ligeras...

“Jeovani!” gritó su Mary echándole los brazos al cuello y los ojos del fogonero Giovanni Colombo de Génova finalmente se llenaron de lágrimas, mientras dos mocosos, “Daddy! Daddy!”, se le colgaban de las piernas.

* * *

Las dos semanas habían transcurrido. El fogonero Giovanni Colombo de Genova, de pié en el muelle con su mujer Mary, pasaba bajo el viento frío de América los últimos minutos antes del embarque. Los niños se habían quedado en la casa, no había querido que vinieran. No tanto por ellos, que pequeños como eran, tal vez no entendían, sino por él. Tras esos pocos, últimos segundos, cerca de Mary, le esperaban dos meses lejos de casa, lejos de la familia.......

“Will you be here for Valentine, Jeovani?”

Traducido por A.M.Gabriela Bustamante Escobedo

Vico Terzi nace en Cles, Trentino, en 1966, pero estudia y crece en Como. En 1985, después de que obtiene el diploma de liceo clásico, se transfiere a Dinamarca, donde los primeros diez años trabaja en el campo de los recursos humanos para desempeñarse en los sucesivos ocho años como traductor y revisor de textos. En 2004 vuelve a Italia.

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Anno 5, Numero 22
December 2008

 

 

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