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Viajar, abrazados a las nubes

Yousef Wakkas

Bajaban del cielo a la luz de la madrugada, con sus tiendas remendadas y multicolores, sus baratijas y sus animales. Luego, desaparecían de la misma manera: ascensión tan fulmínea hasta el punto que la gente muchas veces repetía con desaliento: ¡¿pero anoche estaban todavía aquí?!
Iban y venían como una brisa instantánea sin tener el tiempo de sentir ni su caricia ni su escalofrío, no te daban el tiempo ni para comprender qué nuevo motivo los había traído por aquí y qué inquietud guiaba sus pasos de cielo en cielo, abrazados a las nubes del invierno y desapareciendo al calor ardiente del verano.
Estaban envueltos en tantos misterios y, como tanta otra gente, yo también me sentía raptado por su encanto irresistible. Por esta razón, en varias ocasiones, tuve hasta el coraje de acercarme a su campamento y de jugar con los perros que coleaban en los alrededores. Nadie me dijo nunca nada, y sobre todo nadie trató de raptarme como nos advertía mi madre. Yo tenía nueve años cumplidos y me sentía como un joven toro, ágil y lleno de vida, con la cabeza entre las nubes y, quizás exactamente por ese motivo, no titubeaba en ir siempre más allá del limite impuesto por los tantos rumores que se escuchaban sobre ellos. Sin embargo, parece que tampoco las leyendas, a veces, están completamente desprovistas de verdad, porque la historia del rapto era verdadera, muy verdadera. En realidad, al comienzo me raptaron el corazón, después el cuerpo y al final el alma, dejándome por siempre víctima de una pasión aparentemente incurable, la pasión de buscar espacios sin límites, de eliminar las fronteras que limitaban mis pensamientos y mis movimientos. A pesar que han pasados tantos años, cuando recuerdo aquel episodio, siento todavía la misma sensación que tuve aquel día y vuelvo a volar, por lo menos con mi fantasía, como lo hice aquella vez cuando junto a la hermosa y pequeña gitana Zahinda, sombra sola y ahora latido de mi noche, cuando en su pelo color miel respiré el aire de tantas regiones.

Era la tercera vez, o quizás más, que me adentraba en aquel terreno prohibido, perdiéndome detrás de esas trenzas que golpeaban los hombros menudos y la selva de florcitas, por debajo de la cual dos piecitos levantaban nubes de polvo de plata y un sendero hecho de silencio, a veces, de sonrisas tímidas, y al final, algunas palabras sumisas y el dedo flaco que indicaba el crepúsculo. Mientras bajaba mi mirada celeste, de un extremo a otro llamas vivas ardían en mi corazón. Titubeé. Uno de los hombres que estaban jugando de azar a la sombra de un carro de madera, me lanzó una ojeada rápida y liberó los dados que tenía apretados en su puño, golpeándose, luego, con fuerza el pecho. “Du shesh”, doble seis, exultó, y antes que me lanzara una moneda de diez piastras, empecé a correr con todas mis fuerzas hacia ella, cruzando como un rayo todo el campamento. Algunos perros se pusieron a perseguirme, pero en ese momento, no veía más que sus trenzas, dos alas que la tenían suspendida sobre el campo de margaritas que llegaba hasta el cementerio armenio surcado por un caminito que serpenteaba entre las lápidas mortuorias y desembocaba después en una pendiente adonde, bajo la sombra de una hilera de abedules, corría un arroyo manso de aguas limpias.
Espontáneamente, yo había abierto mis brazos, e imitándola, corría detrás de ella, encorvando el cuerpo a la derecha y a la izquierda, como un planeador que nada despreocupado entre las corrientes del aire a gran altura. Cruzamos el campo por todas partes, con el pecho contra el viento, repitiendo raros estribillos, quizás en su idioma, o quizás en un idioma inventado por nosotros en ese mismo momento de absoluta armonía. Después de un cuarto de hora, nos echamos a gatas bajo de un fresno, lejos uno de la otra, luego, rodando sobre la hierba húmeda, nos acercamos, casi tocándonos los brazos. Un olor salvaje venía de todo su cuerpo, todavía un poco agitado. En un cierto momento, como si hubiera sido empujada por una fuerza extraña, alejó su mirada de los pequeños ramos que se plegaban siguiendo los movimientos de la brisa vespertina, y me miró fijo a los ojos. Yo estaba apoyado sobre los codos, observando su pecho plano. De repente, como el salto de un gato asustado, se lanzó contra mí, y apretándome con ambos brazos, me besó en los labios y escapó hacia el campamento. Yo quedé inmóvil, asombrado al punto de desmayarme. Era el primer beso que recibía de una chica, mejor dicho, de una hembra, como decíamos en aquel entonces. Después pasé casi una hora dando vueltas alrededor de ese lugar que había sido testigo de lo más maravilloso de mi vida. Me sentía confuso, perdido, desorientado y, sobre todo, malditamente feliz.
Antes de volver a mi casa, que se encontraba en la parte alta del pueblo, eché una ojeada temerosa hacia el campamento que sobresalía en la llanura como un camafeo, y a la pregunta si ellos iban a estar todavía allí al día siguiente, me sentí envuelto por una ansiedad tremenda. Aquella noche no pude dormir de lo agitado que estaba, y cuando el muecín anunció la oración de la madrugada desde el minarete que destacaba en el cielo gris, salí de mi casa. Las calles todavía estaban desiertas, con la excepción de los vendedores ambulantes de leche y Sahlab, bebida caliente preparada con leche, arroz en polvo, almidón y esparcida de canela. Tomé un vaso y empecé a sorberlo caminando. Para que no me viera mi tío que era guardián de noche en ese lugar, bajé hacia el mercado hortofrutícola, y siguiendo el sendero del río, trepé hacia la cuesta de los olivos que, después de un tramo de pequeños caminos, se abría a la llanura. Cuando llegué cerca del taller del herrero Maestro Artin Nalbatjian, que estaba examinando la pata de un mulo blanco, empecé a escuchar las voces y los alborotos que venían desde el campamento. Eran un signo tranquilizante, pero al mismo tiempo, motivo de una preocupación molesta: ¿aquél era mi mundo o me sentía empujado por una simple curiosidad infantil? Seguía caminando con mucha cautela y un cierto temor, cuando me encontré cara a cara con Zahida.
Llevaba una gran bolsa de tela en bandolera y en una mano tenía un pedazo de pan untado con mateca. Viéndome, sus ojos de un verde intenso se abrieron exageradamente y su boca dejó de masticar. Luego, pasando cerca de mi sin mirarme, me indicó que la siguiera. Entendí inmediatamente que un duro examen me esperaba. Cuando estaba por pisarle los talones, ella ya había llegado a la primera puerta y estaba golpeando, repitiendo con voz aguda el usual estribillo de los mendigos:
“Dios les bendiga, denme unas monedas o algo de comer, Dios les salve de todo mal, denme algo...”
“¡Vete...Vete... no tenemos nada que darte!” replicaba una voz femenina desde el interior, mientras que Zahida repetía sus súplicas otra vez.
Yo no me acerqué a ella. Me paré al otro lado de la calle, fingiendo que no la conocía. Al final, la puerta se abrió rabiosamente y apareció una mano escabrosa que tenía entre los dedos un pedazo de pan seco.
“Aquí tienes. ¡Ahora vete!”
Zahida agarró el pan y, sin mirarlo, lo echó en la bolsa. Saltando sobre las piedras sobresalientes para evitar los charcos, llegó a la puerta siguiente. Luego, se paró y con una mirada de reojo, dijo:
“Ven, hazlo tu también”
Inconscientemente, di un paso hacia atrás, y no sé por qué motivo no me fui corriendo de allí: quería quedarme cerca de ella, pero tenía miedo de mis actos.
“Tienes miedo, ¿verdad?” Me acosó.
Negué con la cabeza, bajando la mirada.
“Tiene miedo...tiene miedo...” Zahida empezó a saltar, dando vueltas y sacándome la lengua.
Lentamente, con un esfuerzo enorme, di un paso hacia adelante. Ella, dándose cuenta de mi movimiento, se detuvo y se puso a observarme con curiosidad. Tuve que hacer esfuerzos enormes para dar el paso sucesivo. Mientras tanto, el sudor me colaba por el cuello y la espalada y mi campo visivo diminuía hasta perder todo discernimiento. Luego, una mano que me tiraba hacia delante, y un susurro que parecía llegar desde lejos:
“Dios les bendiga....”
“Dios les bendiga”
“Dennos algo de comer”
“Dennos algo de comer”
“Que Dios les recompense con bienestar y felicidad”
“Que Dios les recompense con bienestar y felicidad”
Después de cada silaba, de cada palabra que pronunciaba, me sentía más ligero y mi voz se hacia más nítida y resuelta. Lentamente, pasábamos de una puerta a otra, riendo y bromeando con los supuestos bienhechores que a menudo nos rechazaban brutalmente, y cuando nuestra insistencia les molestaba, nos tiraban agua, o nos perseguían con palos o con una gruesa soga. Sin embargo, a la puesta del sol, regresamos al campamento con el saco lleno de pan, de dulces, de fruta seca y con algunas monedas en el bolsillo. Tampoco esta vez, aunque entré con Zahida hasta el interior de la tienda a donde se vaciaba la cosecha diaria de los alimentos, nadie prestó atención a mi presencia. Zahida, como una mujer madura, dio la orden a una chica coetánea de tomar su saco y vaciarlo en una canasta de mimbre, luego, agarró de una bandeja torcida dos manzanas y salió al exterior, corriendo con agilidad entre las tiendas y los objetos botados por todas partes. La seguí, junto con los perros que se adelantaron mucho y se pararon al borde del campo esperándonos, ladrando a todo lo que daban, y hubo momentos en que nos encontramos rodando todos juntos o vadeando en el agua del arroyo. Al final, cuando dejamos el campo, estábamos mojados de pies a cabeza.
Salvo un beso fortuito, no hablamos ni una palabra, pero recuerdo que, mientras yo me alejaba, ella se quedó por algunos momentos mirándome con aire ausente. Quizás lo sabia, y quizás porque estaba acostumbrada, no me dijo nada y a pesar de los reproches y de dos bofetones de mi padre porque mendigaba con los gitanos, nunca renuncié a aquella costumbre de alzar el vuelo en campos abiertos, abriendo los brazos y dando el pecho contra del viento, ni a la idea que los gitanos viajaban abrazados a las nubes, exactamente como había hecho Zahida, a quien no volví a ver nunca más, en aquella noche fría de noviembre.

Aleppo, 17 de marzo de 2008

Traducido por Savino D’Amico con la colaboración de A.M.Gabriela Bustamante

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Anno 5, Numero 20
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