El Ghibli - rivista online di letteratura della migrazione

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marco, adiós

stefano redaelli

No cuenten juntos ni uno solo a la vez
que no hay hombres insustituibles
porque mi madre
delicada e intransigente
toda en el tiempo presente incompleto
se asoma del cielo
para coserme un botón suelto

Jan Twardowski

A mitad de la lección, el móvil empezó a vibrar en el bolsillo del bluejeans. Francesco se impuso terminar la explicación que había iniciado, no quería que los estudiantes perdieran el hilo. El teléfono seguía vibrando. Algunos, los más atentos, notaron una leve contracción en el rostro del profesor. Francesco, excusándose, controló el móvil. Era su hermana. La llamó. Como temía, su mamá estaba en el hospital, su estado de salud se había agravado. Salió de la sala de clases y se dirigió de inmediato donde el director del departamento, tenía la intención de partir inmediatamente. Explicó rápidamente la situación – el director sabía de la enfermedad de su madre – no encontró ninguna dificultad, le habrían reemplazado todo el tiempo que fuera necesario. Un compañero se ofreció para acompañarlo al aeropuerto. Quiso a toda costa comprarle el billete aéreo, antes de despedirse insistió para que aceptara dinero. Francesco, conmovido, le abrazó. No había tiempo para discutir. Doce horas de vuelo le separaban de Italia, otras dos de su ciudad natal. ¿Lograría hacerlo? ¿Habría llegado a tiempo? Durante el viaje pensó en su madre quien desde hacía un año luchaba contra la enfermedad. No se había abatido ni siquiera por un instante, no había querido que Francesco volviera a Italia para estarle cerca, le habrían llamado sólo cuando la situación se hubiera vuelto crítica. Pensó en su papá que ese año había estado siempre al lado de su madre. Sintió un profundo sentimiento de gratitud hacia sus padres; habían respetado siempre sus elecciones, incluso cuando no las habían entendido. Con el tiempo habían aceptado su vocación y la partida. Y ahora le estimaban. A los amigos de él que iban a verles, les hablaban del hijo con los ojos radiantes; ese hijo en misión tan lejos se había vuelto su orgullo. Francesco alternaba los pensamientos con una oración: Señor, he venido hasta el fin del mundo por ti, te pido poder despedirme de mi madre antes de que se vaya. No te pido que la mejores, sé que no es posible, sólo deseo despedirme de ella. Trató de dormir, pero no lo logró. Trató de leer, pero con la mente estaba ausente, antes de llegar al punto se había olvidado del contenido del párrafo que había leído. El avión aterrizó sin atraso en el aeropuerto de Roma. Francesco corrió al terminal de los vuelos nacionales para buscar el primer vuelo disponible para casa. La señorita de la agencia, mirándolo preocupada, le preguntó en qué modo pensaba pagar el billete. Francesco había salido sin llevar nada consigo, ni siquiera una maleta, vestido a su modo: un par de vaqueros, una camiseta de algodón, las chanclas, un bolso de algodón de color a bandolera. Pago en efectivo, dijo, y casi le escapó una sonrisa. Después de haber comprado el billete encendió el móvil y llamó a casa. Su madre había muerto hacía cinco horas. Las palabras le llegaron de un mundo improvisamente remoto y separado. No lograba creer lo que había escuchado. Quedó paralizado en medio del salón del terminal. Miraba la gente que pasaba con las maletas, los carros, el billete en la mano, las colas en las ventanillas, un niño con la mochila, una madre que le llama, el monitor con los vuelos en llegada y aquellos en salida. Tuvo una sensación de irrealidad. Se encontraba en un nolugar: una suspensión en el espacio y en el tiempo reales de la vida. Un pasaje “de - a”. Y estaba atrasado. Ya era para siempre. Miraba, mientras la cabeza se le vaciaba, como si alguien hubiera quitado un tapón y los pensamientos se fueran, uno tras otro. La mirada se posó sobre un cartel que indicaba los lavabos. Siguió la flecha como un autómata. Entró al baño, se detuvo frente al espejo. Los ojos hinchados, rojos, estaban por estallar. Las piernas le temblaban. Se agachó y cayó de rodillas, la frente sobre el borde del lavabo. ¿Por qué? Dijo con la voz quebrada. Las lágrimas le caían por las mejillas y por el cuello, hasta dentro de la camiseta.

Marco había velado interrumpidamente junto a la cama de su mujer. Le acariciaba los cabellos y le apretaba la mano. Grazia estaba en un estado de semi-inconciencia, desde hacía algunas horas había dejado de hablar. Marco se levantó y se acercó a la ventana. Se quedó de pié, ahí enfrente. Miraba hacia afuera, no el cielo, sino la calle: los coches que pasaban, los que se detenían, los taxis. De un momento a otro habría llegado su hijo, se habría bajado de un coche desconocido, de uno de sus tantos amigos, y habría subido corriendo por las escalas del hospital. Grazia esperaba a Francesco, de esto estaba seguro, no se habría ido sin haberse despedido de él. De repente, Grazia empezó a farfullar algo. Marco corrió hacia ella, acercó el oído a su boca, pero no logró distinguir las palabras. Grazia, estoy aquí, le dijo, no te preocupes, estoy cerca tuyo. Ella abría y cerraba los ojos, modulando la voz en sonidos indistinguibles acompañados de pequeños movimientos laterales de la cabeza. Ha iniciado la agonía, pensó Marco, está delirando. Le habían contado que los últimos minutos u horas antes de morir podían ser terribles: el cuerpo se rebela, se debate, no quiere rendirse, la naturaleza se resiste, el alma busca la paz y no la encuentra. Es la experiencia más traumática que se pueda vivir, segunda, tal vez, sólo a la experiencia de la propia muerte – que nadie podrá nunca contar –: estar junto a quien combate la última batalla, sin poderle ser de ninguna ayuda. Marco era un hombre de fe, sabía que para cada uno de nosotros llega la propia hora y que todo no termina aquí, creía que habría vuelto a encontrar a Grazia en la otra vida y habrían estado de nuevo juntos, para siempre. Pero temía no soportar el tormento de la separación, la cruda derrota del cuerpo a la cual no se puede poner remedio. De vez en cuando le parecía distinguir en el murmullo de su mujer bisílabas sensatas. Quizás no estaba desvariando, tal vez de veras quería decirle algo. Grazia, qué puedo hacer, dímelo, Grazia, despacio, no te esfuerces, palabra por palabra, respira con calma, descansa, apenas tendrás un poco más de fuerzas me dirás lo que quieres decirme, estoy aquí, no te preocupes. Le apretaba la mano y le acariciaba los cabellos, tratando de no abandonarse a un llanto desesperado. Tenía que ser fuerte, hasta el final, sólo así habría podido ayudarla a combatir, o tal vez mejor, a rendirse serenamente. Por diez minutos Grazia alternó gemidos tenues con palabras entrecortadas. Luego, entre los espasmos, el rostro traspirado, con un último esfuerzo dijo: Marco, adiós.

En el funeral no lograba dejar de mirar a Francesco. Su postura recta, la mirada abierta, dulce, que buscaba los ojos de las hermanas, de los parientes, de los amigos, el modo en que nos había abrazado antes de entrar a la iglesia, como si fuera él quien tuviera que consolarnos. Francesco de un lado, el papá del otro, las dos hermanas en el medio, en la primera fila. Las hermanas tenían el rostro mojado. Francesco y su padre ni siquiera una lágrima. Cruzamos la mirada de Marco un par de veces, estaba sereno. Durante la homilía, el sacerdote se conmovió, recordando la amistad y la ayuda de Grazia en la parroquia la voz se le quebró y permaneció unos instantes en silencio. Toda la iglesia parecía suspendida en una burbuja de aire, nadie se movía, parecía que todos habían dejado de respirar. Esta es la oración, recuerdo que pensé en ese momento. Luego, el sacerdote se repuso, agradeció a Francesco por haber elegido esas lecturas tan hermosas e insólitas: el Cántico de los Cánticos, una lectura de matrimonio. Habló de la alegría de la resurrección conteniendo las lágrimas. La iglesia estaba llena. Estábamos sentados en la parte lateral, con la mirada podíamos abarcar desde las últimas filas hasta las primeras. Enormes ventanas circulares, más parecidas a portillas que a rosones, cubrían las paredes laterales. El amigo sentado a mi derecha me hizo notar con un movimiento de la cabeza un mapamundi enorme de goma inflable apoyado a una columna junto al ingreso de la sacristía. Nos intercambiamos una mirada asombrada, pero no comentamos. La misa duró cuarenta y cinco minutos. Le preguntamos a Francesco si quería ir solo al cementerio o si prefería que le acompañáramos. La mamá había pedido que la cremaran. Vengan conmigo, nos dijo. Acompañamos a Grazia al cementerio. Los obreros entraban y salían del edificio con los carros, golpeando las puertas, hablando en voz alta. Un empleado resolvió, rápidamente, en las escalas, las cuestiones formales. Una sirena, a la cual siguió una voz glacial en un altavoz, anunció el cierre del cementerio. Nos vino un escalofríos. Después de un cuarto de hora ya estábamos afuera. Las cancelas automáticas se cerraron a nuestras espaldas. Sentí una sensación de alivio. Quedábamos unos quince. Todos rodeamos a Francesco. Un amigo le dio una bolsa con camisas y dos pares de vaqueros de su talla. Estos son los amigos, dijo Francesco, sonriendo, piensan en todo. Nos agradeció y nos abrazó de nuevo. Luego quiso contarnos como había recibido la noticia de la muerte de su mamá, del viaje inmediato, del llanto desesperado en el baño del aeropuerto. Fue un golpe muy duro, dijo, por sólo cinco horas no llegué a tiempo. Estaba orgullosa de ti, tu mamá, de lo que haces, dijo uno de nosotros. Nos miramos a los ojos, no quedaba más que irse. Marco no nos dejó partir sin antes habernos contado los últimos diez minutos de Grazia, el esfuerzo que había hecho para pronunciar su nombre y decirle adiós. Por la primera vez se conmovió. Matrimonios así son felices por el respeto recíproco, dijo Marco, nos respetamos siempre, en nuestra diversidad de pensamiento y sensibilidad. Matrimonios así duran, éramos felices. Me sorprendió escuchar hablar de respeto, en estos casos se habla de amor. Me conmovió la última palabra en la boca de Grazia: adiós.

Le pedí a Marco el permiso para contar la historia de la muerte de su madre como una ficción. Me autorizó, incluso porque él se llama Marco y no Francesco. Francesco es el nombre del padre.

Traducido por: A.M. Gabriela Bustamante Escobedo

stefano redaelli Titulado en física en la Universidad de L'Aquila, ha obtenido el doctorado en física en la Universidad de Varsovia. Ganador, en 2001, de un premio especial del jurado del Premio Internacional de Poesía Orient-Express sección jóvenes "Guglielmo Maio"; finalista el año sucesivo. Ha frecuentado el Laboratorio de Narrativa de la Escuela de Escritura "Sagarana" de Lucca. Ha conseguido el Master El Arte de escribir en la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de Siena. Se ocupa de caos y viento solar en el Centro de Investigación Espacial de la Academia Polaca de las Ciencias en Varsovia. Responsable para el quincenal "Città Nuova" (Ciudad Nuova) la sección "Scrittura Creativa FormatoA4" (Escritura Creativa Formato A4), colabora para las secciones de Cultura y Testimonios. Es traductor de autores contemporáneos en polaco para las Ediciones San Paolo y la casa editorial Città Nuova. Colabora con National Geographic Polska. Enseña Escritura Creativa en el Departamento de Estudios Mediterráneos de la Universidad de Varsovia, en el Instituto Italiano de Cultura de Varsovia y en el Departamento de Italianística de la Universidad de Cracovia.

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Anno 4, Numero 19
March 2008

 

 

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