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la hora de historia

darien levani

El profesor de historia , un tal Agron Agronaj, estaba explicando la común descendencia de los Ilirios y su organización social, cuando se abrió la puerta y entró Burbuqe, la profesora de matemáticas, su amante secreta. Los alumnos levantaron los ojos de los libros, miraron asombrados a su profesora y los más grandes se cruzaron una mirada de recíproco entendimiento. Agronaj lanzó una graciosa sonrisa a su amiga y, seguro que ella se habría sentado, ordenó a la clase cinco minutos de pausa, mientras Burbuqe se acomodaba junto a él y las piernas de los dos se rozaban debajo de la mesa.
Hay que decir que Agronaj era un hombre respetado y estimado por sus colegas e incluso por la media burguesía de Libohova. Aparte de esto, podría calificarse como un historiador “de los buenos”. A la edad de cuarenta y tres años se sentía un hombre bastante realizado. Justo un año antes, mientras buscaba otro empleo más adecuado, había entendido que realmente estaba ejerciendo como Profesor de historia de modo irreversible y ya no por casualidad, y había decidido hacerse respetar también por esto. Y qué modo mejor si no a través de una investigación científica. El ayuntamiento le había concedido una financiación modesta y, desde algunos meses, vagaba por Albania buscando las pruebas para su más importante investigación (que le había regalado también dos gloriosos artículos en el periódico local): demostrar que Gjergj Kastrioti había vuelto a Kruja en 1439 y no en 1443, como todos pensaban.
“Hagamos cinco minutos de pausa” – había dicho mirando a Burbuqe con el rabillo del ojo - “Quédense en sus puestos y no hagan ruido. Mientras tanto, lean las guerras ilíricas, así aprenden algo nuevo.”
Ahora se había dado vuelta hacia la señora Burbuqe y le ilustraba los diferentes tonos de voz con los que reprendía a sus alumnos. Según Agronaj había un tono apropiado para cada cosa, y si los niños no obedecían no era culpa de ellos, sino de su tono de voz. Por ejemplo, el tono con el que había ordenado esos cinco minutos de pausa había sido obtenido añadiendo un toque que hacía pensar en una intervención divina: tenían que darse cuenta que había sido la Providencia la que les había regalado esos minutos de pausa y, por lo tanto, tenían que comportarse de consecuencia portándose lo mejor posible.

Mark era el más grande del curso. En noviembre habría cumplido doce años y no veía la hora, visto que sabía, ya era seguro, que para su cumpleaños su abuela le habría cocinado los buñuelos con miel.
Mark también fue uno de los que más sintieron esos cinco minutos de pausa que concedió el Profesor. Odiaba quedarse sentado sin hacer nada, y por ese motivo se miraba en rededor buscando algo más interesante. Como no encontraba nada, decidió crecer, todos decidieron crecer hasta ser mayores de edad para poder abandonar la clase sin que el profesor les regañara.
”Creo que podemos lograrlo!!” – decía el papelito que Mark paso a Engjëll – “Probemos!!” decía otro papelito dirigido a Genti.
“Pasa la voz a todo el curso!!, fuel la última orden de Mark.
Ahora los papeles circulaban por el aire, visto que Agronaj ya no se preocupaba de controlar a los alumnos. En menos de un minuto todos sabían lo que tenían que hacer, pero tenían medio de hacerlo.
”Yo no quiero crecer, no quiero hacerlo”, dijo Mira a su compañera de banco, cerrando con fuerza los pequeños puños. Pero ella no le respondió y, a lo mejor, ni siquiera la había escuchado, concentrada como estaba en lo que tenía que hacer.
Agronaj todavía no sabía nada de lo que estaba pasando y en el exacto momento en que Mark escribía los papelitos, le estaba diciendo a su encantadora amiga que la diferencia entre un sistema jurídico y otro estaba en una guillotina colocada o no en el centro de la ciudad. “¿No podríamos hacerlo nosotros también?” preguntó Burbuqe, refiriéndose a la revolución. “Una revolución es una gran cosa, amiga mía - respondió Agronaj – no se hace así, de un día para otro”.
“Mañana tengo clases de las ocho a las nueve, luego estoy libre. Todavía no he decidido qué voy a hacer el resto de la mañana, pero, tal vez podríamos ir buscar una guillotina e iniciar la revolución, siempre que sea una cosa buena y justa, como tú dices.”
“Y ¿de dónde sacamos una guillotina?”- pensó Agronaj - “Ya es bastante difícil encontrar una habitación donde poderse acostar en santa paz. No podemos ir al hotel del centro, nos verían. Tampoco puedo llevarla a mi casa, lo sabrían todos en menos de dos minutos. El pueblo es chico.....”
“ …La gente habla - pensaba ella“ – no podemos hacer grandes cosas en esta pequeña ciudad de provincia. Claro, Libohova no es Tirana, pero una pequeña revolución siempre se puede hacer. Mañana en la mañana él encontrará una guillotina y yo prepararé algunos bocadillos de carne y después de la revolución nos iremos al bosque a hacer un picnic. ¿O quizás Agronaj tendrá que hacer?”
“¿Qué se hace después de la revolución?”
“¿Después de la revolución?”- preguntó asombrado. Nunca lo había pensado y no tenía la mínima idea de lo que ocurría después. – Podríamos ir a beber un café a la casa del director, a menos que no lo matemos también a él.”.
Burbuqe se quedó en silencio asombrada. La idea de matar al director no le gustaba para nada. “La revolución - dijo Agronaj – es una cena de gala, la revolución es una poesía, la revolución no es un acto de violencia. (1)”.
“Hermosa esta frase – comentó Burbuqe – muy hermosa de verdad, así es como se hace. Oye, pero ¿de verdad que tenemos que matar al director? Es decir, el tiene el tocadiscos y hemos pasado unas hermosas veladas en su casa. Y, además, aún no me dices de dónde sacamos la guillotina”
Ah, sí. la guillotina seguía siendo un problema. No vivíamos en una gran ciudad donde podían encontrarla en el mercado de antigüedades. Fue por este motivo que Agronaj bajo la cabeza y empezó a pensar. La guillotina, una buena guillotina que aún funcionara. Era un problema. Pero tal vez, después de todo, la guillotina era un símbolo y como tal podrían sustituirla con otra cosa. Hongos venenosos, por ejemplo, o bien una simple buena cuerda.
En lo que respecta al tocadiscos, ya tenía una solución. Expropiación proletaria, la había llamado. “¿Pero qué pasa?” gritó Burbuqe.

Agronaj miró a los alumnos y se quedó de una pieza. Los muchachos estaban creciendo excesivamente. Mark ya era jun jovencito que tímidamente se tocaba los bigotes y se rompía el uniforme azul de la escuela. Blerta se transformó en una punk de cabellos verdes y daba un poco de miedo. Dos alumnos modelos peleaban a puñetazos mientas Engjëll estaba ocupado en hacerse un porro. Luego el silencio.
Incómodos en esas sillas pequeñas, los estudiantes se cruzaron de brazos y miraron a Agronaj acusándolo de algo que se le escapaba.
Él les miraba fijo y asombrado y buscaba el tono de voz apropiado para poder decirles que la pausa había terminado.

Traducido por: Ana María Gabriela Bustamante Escobedo

Darien Levani nace en 1982 en Fier, Albania. Termina la enseñanza superior en Tirana y luego se traslada a Ferrara, donde actualmente cursa el quinto año de Ciencias Jurídicas

(1) A pesar de las protestas y las investigaciones de algunos grupos maoístas, todavía nadie ha establecido con certeza si Agronaj ha dicho lo que dijo porque no se acordaba bien de las palabras de Mao o porque pensaba exactamente lo contrario.

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Anno 3, Numero 14
December 2006

 

 

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