Mohammed ni siquiera tuvo tiempo de girar la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió de par en par desde el interior y el hijo Rachid lo tiró hacia adentro aferrándolo por la manga y empujándolo hacia el centro de la minúscula sala de estar.
- Tengo una sorpresa para ti, te hará feliz!!
- Ya veo, dijo riendo el padre, que ahora estaba frente a una caja con un dibujo vagamente familiar.
- ¿Qué es?
- ¿Cómo? ¿No se te ocurre, padre? Y eso que deberías haber visto tantas de éstas en la aldea. Es una antena parabólica!!
- Y ¿qué te hace pensar que una antena parabólica sea capaz de hacerme feliz? Le dijo apremiante y sonriente el padre.
- El hecho que podrás ver la televisión de nuestro país, saber lo que sucede en la capital, en la región, en la aldea, escuchar el sonido de nuestro idioma y, sobre todo, participar en la oración, padre. Pues bien ¿me equivoco?
Mohammed se puso serio nuevamente y se quedó en silencio por algunos instantes, luego admitió:
- Pareciera que no, hijo; pareciera que has regalado a tu padre lo que necesitaba.
Dicho esto, se sentó en el sillón mientras, con completo frenesí, Rachid destruía la caja de cartón con la ayuda de un cuchillo.
- Nunca he visto la tele en la aldea – reflexionaba en voz alta Mohammed – nunca he confiado en esa cosa, pero tengo que admitir que echo de menos la idea de volver a ver mi pueblo, escuchar a la gente que habla con el acento de nuestra región: no es que no lo escuche a menudo aquí, en el square, o en los mercados; hay tantos que, como nosotros, llegan desde las provincias del norte, pero no es lo mismo, no es en absoluto lo mismo....
Rachid se afanaba con un cuchillo, rompiendo con vehemencia la caja de cartón.
- Listo!! Aquí está nuestra nueva antena, padre!! Ahora tengo sólo que conectar todos los cables al televisor y al enchufe, fijar esto afuera de la ventana y, dentro de pocos minutos, todo estará listo.
- Qué buen hijo eres, Rachid. Yo y tu madre hemos hecho un buen trabajo contigo. No sé si puedo decir lo miso de tu hermano. Tal vez porque miraba la televisión mucho más que tu ¿no, hijo?
- Padre ¿me pasas el destornillador, por favor?
- ¿Qué destornillador, hijo?
- Ése que me pediste ayer para montar el banco de Brahim en el mercado de Nation.
- Ah, sí, se me había olvidado. ¿Sabes? Creo que lo olvidé donde él. Lo siento.
- No importa, padre. Iremos a Castorama y compraremos otro.
- Lo siento tanto, realmente. Esperemos hasta el miércoles, que es el día de mercado, así no tendrás que gastar más dinero, para nada. Puedo rezar incluso sin la televisión, ya sabes.
- No, no. Iremos dentro de algunos minutos.
Los dos se sentaron frente a la antena que, tendida en el suelo, inerme, parecía un enorme plato con un badajo en el medio y llenaba la habitación de un reflejo metálico.
Rachid ya saboreaba el momento en que el padre habría podido finalmente sentirse menos rebotado en la metrópolis que, como un animal siniestro, lo tenía desde algunos meses relegado en un rincón.
Lejos de la aldea, de donde ya todos sus hermanos y primos se habían ido, lejos de la gran casa con paredes de arenisca, de la vida ordenada que había antecedido la muerte de Hakima.
Mohammed había tenido que rendirse y seguir al hijo que desde hacía algunos años vivía en Francia haciéndose cargo de las necesidades de la familia.
- Es mejor para todos – había osado decirle el muchacho, y de inmediato se había arrepentido de su arrogancia.
Adoraba al padre, su mansedumbre, la calma con la que evaluaba los pro y los contra de las decisiones importantes, siempre anteponiendo el bien de los hijos.
Se habían tenido que apretar en un piso pequeño de veinte metros cuadrados. Rachid le había cedido el dormitorio mientras que él dormía en la sala-cocina. El baño era en común con otros inquilinos, afuera, en el fondo del pasillo y, sobre todo en la noche, hacía mucho frío, pero Mohammed nunca se había quejado y ya había hecho amistad con el vecino de enfrente y con otros arrendatarios.
- Iremos dentro de algunos minutos, repitió decidido Rachid.
Mohammed se colocó sobre el caftán la chaqueta que el hijo le había dado y se cubrió el cuello y la cabeza con una larga bufanda.
A Rachid, al verlo arropado de esa manera, le dieron ganas de llorar.
- Vamos, padre.
*
Los dos se encaminaron por la rue des Pyrénées bajo una llovisna insistente.
- ¿Te había dicho que esta es la segunda calle más larga de Paris? Parte des cours de Vincennes y llega a Belleville, tu barrio preferido.
A Mohammed le gustaba caminar. Estaba acostumbrado a ir a pie, tirando su carro hasta las aldeas cercanas. Era prácticamente inútil que Hakima le dijera que hacía demasiado calor y que podía deshidratarse y perder el conocimiento, y entonces sí que se las hubiera visto negras, él habría los brazos casi en señal de resignación, abría bien los ojos y luego soltaba una carcajada.
- Querida Hakima, habrías tenido que dedicarte al cine, te lo digo yo, que como cuentas tú las tragedias no lo hace nadie, o bien habrías tenido que ser escritora, a esta hora estaríamos ricos, me habría comprado un camello y nos hubiéramos ido a Fez.
- No es que Belleville me guste, es que por lo menos ahí hay las mismas cosas que encuentro en Marruecos, me puedo comprar los zapatos, los vestidos y también la comida que me gusta.
Siguieron bajando la calle en silencio, mientras Mohammed se secaba la cara con una punta de la bufanda.
Castorama también le gustaba. Sobre todo la sección bricolaje. Le gustaba construirse las cosas por sí mismo. Incluso cosas inútiles como una caja de madera o un alzapiés. Había hecho uno para Rachid y se lo había regalado para su cumpleaños, pero el hijo, que le había parecido encantado de recibirlo, lo olvidaba siempre y cuando el padre se lo ponía debajo de los pies cuando estaban sentados a la mesa, agradecía cohibido. Mohammed, en fin de cuentas, sabía que ese objeto no había servido sino a hacer que el tiempo transcurriera más de prisa.
Bajando por la rue des Pyrénées, y luego siguiendo el cours de Vincennes, padre e hijo caminaban uno al lado del otro, cada uno perdido en sus propios pensamientos, cada uno secretamente feliz de estar al lado del otro.
A la entrada de la grande tienda, los dos se separaron como era ya costumbre, Mohammed pasaba una buena media hora a hurgar entre los utensilios buscando algo para construir, mientras que Rachid se sentaba tranquilo en el café de la planta baja y leía L’Equipe.
También esa vez el muchacho lo vio aparecer tras la habitual media hora con un destornillador en la mano, todo concentrado en farfullar consigo mismo, agitando los brazos.
- ¿Qué pasa, padre?
- ¿Qué pasa? Pasa que uno ya no puede comprar un solo destornillador. He recorrido como loco todo el sector: te venden sólo juegos de destornilladores. Un juego de doce destornilladores, un juego de ocho, uno de seis, uno de tres y uno de dos. Pero me pregunto ¿dónde iremos a parar?
Rachid creyó que no había comprendido bien, viéndole en la mano uno solo, pero decidió no hacerle caso, a veces su padre perdía un poco la cabeza, se olvidaba, y a él no le gustaba hacérselo notar.
La chica de la caja bufaba y observaba un punto vago frente a sí repitiendo como una cantilena:
Buenos días, ¿cómo puedo ayudarle?
Mohammed puso el destornillador en la caja buscando el punto donde la mirada de la muchacha se había fijado.
- Pero ¿dónde ha encontrado este destornillador? No tiene el código, ¿no ve?
- ¿Qué código?
- El código, el código. Ese que se pasa por el lector óptico para el precio. Sin el código no puedo cobrarles, dijo mirando a Rachid, irritada.
- Padre ¿de dónde sacaste este destornillador?
- De donde están los destornilladores, hijo. ¿De dónde si no? ¿No te dije que los destornilladores de a uno ya no los venden? En el paquete habían dos. Lo abrí y saqué uno.
- Lo siento, pero no puedo vender un solo destornillador, tiene que coger también el otro.
- Pero yo no quiero el otro – alzó la voz Mohammed, luego se arrepintió y añadió casi en un susurro – no me hace falta, ¿es posible que no pueda comprar sólo ése?
- No, no puede. Bueno ¿lo quiere o no? Hay una cola detrás de usted.
Rachid sintió como un nudo en el estómago al verlo confundido, su padre le pareció tan menudo, frágil.
- No es necesario que se agite ni que sea arrogante – dijo a la cajera – bajo y cojo el otro.
- Pero yo no quiero el otro – protestó Rachid.
- Entiendo – dijo la muchacha y, girándose, hizo señas a un tío grande que desde la puerta observaba toda la tienda.
- Pero, cómo se permite!! – gritó Rachid, furibundo.
El tipo se había acercado a grandes pasos y a una señal de la muchacha había agarrado a Mohammed por un brazo, llevándoselo.
Rachid se le tiró encima. Ciego de rabia.
*
Era ya de noche cuando Rachid y Mohammed volvieron a casa, después de haber pasado el resto del día en el cuartel de policía.
Mohammed se sentó en el sofá y el joven no tuvo el coraje de echarlo y mandarlo a su habitación. Se acomodó él también en el canapé y se quedó dormido en pocos minutos.
El despertador lo sacó de sueños de batallas furibundas contra ejércitos de atornilladores y guardias de seguridad. Abrió los ojos casi con alivio.
Lo primero que vio fue la puerta de entrada y, justo delante, una maleta, la del padre.
Sintió unos pasos que venían del pasillo y la manilla que giraba. Entró el padre ya vestido.
- Buenos días, hijo.
Rachid trató de hablar, pero algo en la actitud del padre le sugirió que esperara, que renunciara.
Mohammed se sintió en el sofá, a su lado, y le puso una mano sobre la rodilla. Luego se puso a observar la antena parabólica, dispuesta en el suelo frente a ellos. Así permanecieron por algunos minutos. Luego Mohammed se aclaró la voz.
- Vuelvo a casa, hijo.
Y volvieron a observar la antena mientras la mano de Rachid se posaba sobre la del padre, apretándola con fuerza.