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mia lecomte

“Y no estoy triste. Pero me
asombro si miro el jardín.
¿Asombrado de qué? Nunca
me he sentido tan niño.
¿Asombrado de qué? De las cosas.
Las flores me parecen extrañas:
están siempre las rosas
están siempre los geranios...”
(G. Gozzano)

Estornudó, Anna, y no encontraba el pañuelo. Ilario se estaba limpiando las gafas con la manga del impermeable, visiblemente insatisfecho del resultado. El conserje usó un pañuelo de papel para secar las lágrimas del perro con la mirada aburrida. El perro estaba sentado en un estropajo. Anna logró abrir la puerta de entrada y llamó el ascensor. Ilario se puso las gafas y las probó en dirección del perro. Sin paraguas y un poco confundido, atravesó el portón en sentido opuesto al de Anna. El conserje botó el pañuelo de papel y volvió a mirar conmovido al perro que dormía. Ilario volvió corriendo en busca del paraguas, pero no lo encontró y volvió a salir. Anna no se dio cuenta de nada porque ya estaba en el ascensor. El conserje decidió invitar al perro a comer a alguna parte. Era una sorpresa que se repetía todos los días y el perro se despertó de malas ganas. Bostezó. El conserje no le hizo caso y caminó delante de él. Caminaron en silencio bajo el paraguas de Ilario.
Anna cerró la puerta y se sintió en Brasil. Después de largas jornadas de preparativos, el viaje, de veras, había volado: exactamente tres minutos. Se quitó los zapatos, en punta de pies se dirigió a la habitación y se tendió en la cama. Todo estaba arreglado. Ahora ya no tenía que mentir: el respondedor estaba listo para mentir sobre su real ausencia. Y el timbre de la puerta habría sonado en vano. Claro, había que moverse con gracia: el conserje, encerrado en su cabina, era sensible a los ruidos sobre su cabeza. “Realmente a uno pocos metros de su cabeza”, le gustaba precisar al perro. Pero el conserje seguía siendo sensible. Anna no tenía un perro, tenía un papagayo, que, por lo menos, había sido creado justamente para hablar a tontas y a locas. Antes de partir para Brasil, se lo había encargado a una amiga que amaba lo exótico. Anna también sabía que era envidiosa. En Brasil uno se siente como en su casa, sobre todo si es que se es un poco brasileño. Y a Anna, que lo era realmente un poco, difícilmente se le olvidaba. Tenía que mantenerse lejos sólo una semana, pero había organizado todo con mucho cuidado: la camarera a horas se había concedido un buen período de vacaciones, las persianas estaban bien cerradas, el refrigerador estaba bien lleno. Y Anna, en su cama, ya se sentía otra persona.
Mientras tanto, los amigos estaban obligados a quedarse en casa, en la ciudad. Ni siquiera podían imaginar lo que significaba estar obligados a quedarse en casa en Brasil. Claro, hablaban, y si Anna creía que les escuchaba se sentía aún más en Brasil: corría en la playa, bailaba el samba, jugaba a fútbol, en resumen, todas las cosas que se hacen generalmente en Brasil.
Y Anna se quedó dormida al sol ardiente, de verdad. Muchas veces se había quedado dormida así cuando era más joven. Luego, también cuando se había casado. Siempre hay música en Brasil y nos adormece juntos, al calor. Nunca se está solo, es por esto que los demás tienen poca importancia. Aquí tiene mucha, y siempre hay que decir algo, hay que darles en el gusto, y solos. Y entonces, Anna, de vez en cuando, partía para Brasil.
Un día también había ganado un concurso de belleza. Joven y guapa había estado casada en serio, lo atestiguaban las fotos en la mesita de centro del salón. Y cuando alguien le preguntaba de ella o del marido, Anna se las mostraba. Nada más. Luego iniciaba el carnaval con un disco y sonreía, feliz, en Río. El matrimonio de Anna había durado sólo pocos segundos: inmóviles, en pose, la sonrisa de ocasión. Y luego todo había vuelto a fluir por su cuenta.
Ahora, a menudo iba un amigo a casa de Anna. No quería mirar las fotos. Tampoco quería saber del concurso. La observaba con dulzura, los cabellos teñidos. Pero Anna no sabía que hacer con él. No podía presentarlo a nadie que la envidiara. Tampoco podía llevárselo a Brasil. Y, entonces, tanto valía que no hiciera nada.
Anna dormía. En casa todo estaba oscuro, y también afuera. No era la primera vez que escuchaba tocar el timbre, pero se asustó igual y se encogió en la cama. El timbre no insistió mucho y se confundió con el fragor del ascensor que se alejaba. Anna se abrazó fuerte para volver a encontrar el calor de Brasil. Cuando se despertó le dio hambre y se demoró mucho en la cocina antes de decidirse a morder una manzana. El timbre sonó de nuevo y Anna mordió suavemente, por miedo a que la escucharan. Luego de nuevo el silencio. No era prudente encender la televisión ni tampoco la radio. Además, no tenía necesidad. Había silencio, el silencio de las selvas en Brasil. A veces llegaba una música, pero luego casi desaparecía. Y si alguien hablaba, de inmediato su voz cambiaba, se volvía más dulce. Y de nuevo silencio. Era fresco en las selvas, en Brasil, y el silencio era perfumado.
Anna se volvió a acostar. En fin de cuentas, todavía estaba cansada. Se quedó dormida. En la mañana la despertó su propia voz. El respondedor estaba luciendo su tono más convincente y, cuando terminó su obra, Anna se preparó el desayuno. Los ataques todavía eran insistentes, pero luego se habrían espaciado y luego no habría quedado otra cosa que hacer que esperar.
La galleta cayó dentro del té y Anna se puso nerviosa. Trató de sacarla, pero de nuevo su propia voz la sobresaltó. Cuánto hay que hablar, y los demás que preguntan siempre lo mismo. Se puso nerviosa, pero su voz no cambió de tono, siguió igual. En el fondo estaba contenta de descansar. Había corrido días y días de una parte a la otra. Trabajaba mucho, pero también habría estado dispuesta a detenerse si hubiera sabido dónde. En Brasil es tan fácil: si uno se cansa, está la sombra, todos a la sombra. Aquí en el reposo uno se pierde. Y luego es imposible volverse a encontrar.
Anna también recibía varias invitaciones para recepciones mundanas. No llevaban su apellido sino el de su hermana. La hermana sí que se había casado bien, Anna estaba orgullosa de ella y se presentaba a las fiestas con el rostro radiante. En Brasil uno llama al otro por el nombre y se da vuelta de inmediato, porque sabe que es él en serio.
Anna espió por la ventana. Estaba pasando la camarera del tercer piso y cantaba, como de costumbre. Miró hacia arriba y desapareció en el portón.
Anna llenó un regador y decidió regar las plantas, con cuidado, lentamente, en las largas estaciones donde las lluvias no terminan nunca.
Luego volvió el sol y se puso a hojear una revista. Habían cabelleras peinadas, pies calzados y manos con vasos, en una página. Más adelante, modelos delgadas y modelos varones que las admiraban, la mirada de marinero, entrecerrada para protegerse de un viento artificial. También la mujer manager quería hablar, y mostraba su casa en un desorden de libros de arte y perros de caza. El conserje mostraba a todos las fotos de familia y Anna no lo soportaba. Dos publicidades de lencería, un reloj suizo con el tiempo a tiempo, el horóscopo. Anna se sumergió en la lectura de un cuento con un dibujo divertido. Sabía que tenía que partir urgentemente, pero todo en ella era inmóvil e improvisamente pesado. También las lágrimas que corrían rápido hacia abajo, hay una ley física que lo impone. Pero luego, terminó. Anna fue capaz de viajar y se encontró de nuevo protegida. Puso un disco, a bajo volumen, porque no era para los demás. Así no sobrevivió nada más que una náusea lejana, muy lejana, como sólo Brasil puede serlo.
Peldaño a peldaño, Ilario llegó a su piso. Dos tramos de escala no son tanto, pero son suficientes para mantenerse en forma. Ilario un poco jadeante se apoyó a la puerta. Del apartamento del frente salía una música española. La muchacha no era española como su música. Y tal vez por esto se amaban las dos. Una, junto a la ventana, disfrutaba de una neblina extranjera y seguía tocando, distraída, y la otra se sentía libre de transcurrir su noche gitana.
La pintora se asomó para recuperar los diarios que el conserje le había dejado en el felpudo. Uno de los dos viejos se asomó para tomar el diario que el conserje le había dejado en el felpudo. Un buenos días recíproco. “¿Quién era?” , preguntó la vieja, y el viejo paciente explicaba. “¿Quién era?”, y el viejo levantaba los hombros y entraba a la cocina para servirse el café en la taza errada. La vieja no sabía nunca nada. Claro, sabía que era casada, que tenía dos hijos y tres nietos. Y nada más. En cambio, el viejo lograba saber algo más, sólo por un instante, y luego se le olvidaba.
Era el inicio de un día cualquiera, tan cualquiera que incluso el más acérrimo anticonformista no habría osado definirlo de otra manera. Tal vez porque no prestaba nunca atención a la realidad circunstante y ese mañana, en particular, se sentía especialmente impermeable, Ilario sintió algo como un singular miedo. Fue después que había terminado de vestirse y antes de iniciar a peinarse. Una vez en la calle, con oportuna bufanda y abrigo, logró recordarse sólo que estaba atrasado. Atrasado ¿para qué? Sucede que ésta no es nada más que una de esas insignificantes preguntas a las que no se les digna ni siquiera de una mirada e Ilario, dignamente, se comportó de consecuencia, siguiendo a cargo del autobús, con el rostro altivo, hasta la terminal. Todos los que no se consideran iniciados al oculto mundo de los problemas existenciales y, sin embargo, piensan que han superado la fase en que se encuentra más fácil existir que aprender a jugar bridge, saben que de pasada uno se puede interrogar tanto sobre la propia procedencia como sobre el propio destino. Ilario, merecedor heredero de toda una estirpe de racionalistas que habían osado confiar con optimismo en las superiores dotes del hombre del futuro, comprendió que, en efecto, podía responder con seguridad por lo menos a una de las dos fundamentales preguntas. Y volvió a su casa.
Mientras trataba de poner en marcha la puerta de ingreso con las llaves del coche y mientras pisaba la mano de la nieta de los dos viejos quien trataba desesperadamente de salvar la de su muñeca, un impulso lo obligó a voltearse: apenas a tiempo para entrever a una angélica figura, envuelta en una luz celestial, en gradual fundido hasta completa desaparición. El llanto desgarrador de la niña le permitió entender sólo la última sílaba de la palabra conclusiva del sermón que se tenía a sus espaldas. “Udo” no es mucho para penetrar en la íntima esencia de un mensaje y a Ilario, poeta aficionado, no se le ocurría nada más que “estornudo”, “desnudo” y “saludo”. Esperó algunos segundos y optó por el tercero. Luego levantó el taco cruel y un poco ausente logró forzar la cerradura de casa y a dejar afuera al mundo gritón. Saludo con respeto al conserje y con un poco menos de respeto al perro, al que odiaba. El perro ladró.
Una vez entrado en el salón se dejó caer sobre el viejo sofá floreado y permaneció largo tiempo supino observando aquel particular tipo de tiempo que, de vez en cuando, vuela. De hecho, se estaba liberando justo en ese momento y, como una nube, se abrazaba completamente para transformarse en un gansito y balancearse torpe y luego se estiraba y lo veías como un caballo, en una carrera desenfrenada. Jugaba a engañarse, engañaba el tiempo. “Tengo que buscar el teléfono y llamar a mi madre”. El teléfono perdido dio por perdida también a la madre. Ilario estaba preparándose a formular una alternativa a las dos ausencias, cuando un trueno violento que hizo temblar los vasos en el bar precedió un gemido ronco, pero violento. La voz se aclaró la voz e hizo un discurso invisible que duró pocos segundos y a una velocidad elevada. Una serie de balbuceos y el hipo hicieron que el concepto fuera todavía más confuso. Y, a pesar de los pedidos del público, no se admitieron otras representaciones. Resignado, Ilario se dirigió hacia la cocina para prepararse un café. Mientras esperaba que la moka se calentara se apoderó de él ese miedo matutino que ahora había recogido elementos suficientes para defenderse de la acusa de extravagancia.
Su nueva novia, una preciosura, llamada “qué aburrimiento” por los pocos verdaderos amigos, consumía su impaciencia en un lindo restaurante poco lejos de allí. Temprano en la tarde, dos entradas para una película de acción habrían eliminado, ay de mí, la briosa conversación iniciada en la mesa.
El florista estaba lleno de dolores y se movía lento y los clientes se ponían nerviosos. Ilario era el último de la fila. Estaba esperando educadamente con la mente en otra parte y un dedo en la nariz, cuando alguien le tocó el hombro. Se sobresaltó, se giró y notó a un viejo con la cara rosada, con dos grandes ojos celestes, de una bondad rara y una llamita, igual de rara, que le danzaba sobre la cabeza. El viejo apartó a Ilario y le susurró en el oído algo misterioso. Dado que Ilario era muy alto y el arcano mensajero era muy bajo y considerado que un hombro tiene veleidades acústicas claramente inferiores a un oído, una vez más el mensaje se perdió. Por lo tanto, Ilario se volvió a meter el dedo en la nariz y se fue sin comprar flores. Ninguna flor, ninguna novia, según la más rígida etiqueta. Y volvió nuevamente a casa.
Estaba asomado a la ventana del salón cuando una paloma, rigurosamente blanca y arrulladora, se posó en el antepecho de la ventana. Hacía un poco de frío e Ilario cerró el vidrio de la ventana con un golpe enérgico. La paloma, salvada el ala por milagro, quedó afuera, perpleja, con su lindo mensaje amarrado a la pata. Sin nada más que hacer, se transformó en un rayo que se desvaneció lanzándose en la neblina. Ilario comenzó a pensar en lo que le estaba sucediendo. Luego, decidió que habría sido más útil inventar una excusa para su novia y, al final, desechó también esta idea. La jornada, salvada del indiferentismo, seguía redundante.
Del apartamento del frente se escuchaba música española, como siempre.
El teléfono sonó una vez, otra y otra vez: nadie. “Me quieres contesta!!r”, gritó Ilario a su madre, encajada en un sillón de piel. Después del preciso relato del hijo, esa mujer sensata estaba concentrada en esconder detrás de un aire penoso su sueño más sereno. “Perdóname, hijo, pero se ha hecho tarde”, lo interrumpió, y de inmediato se adormiló sombría nuevamente. Ilario se puso el sombrero y salió dando un portazo. Cuando alguien por la calle osó una risita, se acordó de que no había tenido nunca un sombrero y bajó el velete sobre el orgullo púrpura.
Una carta le estaba esperando en la casa. Llegaba del piso de más abajo, la habían entregado a la pintora por error. Se disculpaba, no la había abierto. Una vez llegado al baño, la apoyó sobre el borde de la tina que comenzó a preparar para una caliente inmersión. El sobre sellado se encontró, dentro de poco tiempo, flotando entre las olas. Las letras de oro se comenzaron a deshacer poco a poco y ahora, seguramente, se habría podido adivinar bien poco de la original combinación de los hermosos tipos góticos. Ilario limpió la tina y volvió a llenarla. Terminado el baño, se concedió un par de horas de sueño y luego encendió el televisor. El noticiero ya había iniciado y, en ayunas de antecedentes, se podía observar a un loco tratando de proclamar que había recibido una revelación divina: “Me sorprendió un Espíritu, o un Ángel, no sé bien, que me dijo: - El Señor te ha elegido, primero entre los mortales .... pero, en toda honestidad, serías el segundo....”.
El perro del conserje era un filósofo. No lo decía el conserje, porque no lo sabía.
Nadie lo decía. Se dice en este momento por primera vez. Y no se repetirá nunca más.
Respiraba desde hacía poco en el piso, Anna, de vuelta de Brasil.
El licenciado salió del ascensor y la saludó educado. Anna pensó que hacía frío, y se lo dijo.
El licenciado estuvo de acuerdo y especificó los grados. Luego especificó también los del día anterior y luego los........ Anna no osó contradecirlo, pero le interrumpió a tiempo.
Él le preguntó sobre el viaje. Anna estaba preparada y se alegró de la pregunta. Pero el licenciado quiso saber también el número de vuelo y esto era realmente demasiado. Anna se despidió y partió a caballo del ascensor.
El licenciado se sorprendió y se acordó que era desde el 28 de abril de 1998 que no le sucedía. Había sido un jueves.
El cuadro de la pintora fue observado. Fue observado por la pintora. En el caballete, en el salón, todavía no había encontrado el tiempo para terminarlo. Esto sostenía cuando no era sincera. Cuando era sincera, también. Pero cuando volvía en sí misma, sabía que no habría podido cambiarle nada porque cambiaba solo.
La pintora lo miró desde una perspectiva diferente, desde la que no lo había mirado nunca, y se sintió satisfecha. Luego, trató de mirarlo muy de cerca y desde lo alto del caballete. Luego desde abajo hacia arriba. Era el único cuadro de su vida. Y ella era la pintora. Y, desde luego, su carrera no podía decirse terminada: ni siquiera su cuadro estaba terminado.
Acarició con los hermosos dedos la tela seca desde siempre. Corrió el sillón y se sentó frente a su obra. Se dio cuenta que habría sido más cómodo mover el caballete, pero no quiso molestarse mucho y apoyó el codo al brazo del sillón, el mentón en la palma de la mano.
Hacía calor y el salón estaba un poco a oscuras, sólo la pintora a la altura de la situación. Cerró los ojos y veía su cuadro: en una tarde de invierno, lluviosa, una habitación oscura, en un sillón una mujer, los ojos cerrados. Todo se armonizaba, completamente. Incluso la habitual angustia del bramido sutil, de cuerda tendida. No faltaba nada, ganaba tiempo y se dejaba hacer la corte, el mentón apoyado en la palma de la mano. Sin la banal ansiedad de la creación que sabe que no dará que lo aproximado.
La pintora abrió los ojos, feliz. Se levantó, se restregó las manos. Cierto, era una verdadera artista. No de esas que se quejan siempre, que sufren pariendo, que siguen hablando de lo que no saben. Era una verdadera pintora y su simplicidad era la demostración.
Odiaba las plumas de los escritores, los pentagramas y las manos, odiaba sobre todo las manos que no sirven para nada y a pesar de eso no son capaces de volverse superfluas.
De nuevo el cuadro: una mujer sonreía dichosa, sin manos, y ahora tenía hambre. Tomó un paquete de galletas de la despensa y volvió al salón. Su cuadro sabía a dulce y se pegaba a los dientes. Luego las luces se encendieron de repente y la pintora empezó a vestirse para una recepción. Inauguraban una galería y una amiga suya exponía. No podía faltar. Sin duda, habría encontrado alguna frase adecuada, útil para celebrar lo inútil. Su cuadro habría sonreído, en casa, y la habría salvado así, sonriendo inútilmente. Ella no necesitaba ninguna muestra. Quienquiera podría ir a su casa y ser lo que quisiera junto a su cuadro. Odiaba el dibujo, ella, y odiaba los colores, los que se usaban para las superficies. Los odiaba desde hacía mucho tiempo, desde las pintadas. Nunca se había rebajado a dibujar, de niña, y ahora menos, por esto se había vuelto pintora y lo sería siempre. Por esto no había interrumpido nunca nada de lo que crece para fijarlo torpemente. Simplemente se había dejado atravesar, los dedos semi-cerrados. Y era un abandono inmenso, en su cuadro.
Se puso el impermeable y salió. Volvió a entrar y se quitó el impermeable. Mientras tanto había encontrado modo de hablar en la muestra, de hablar de la muestra y de conocer a un crítico.
Ahora estaba con ella y la ayudaba a quitarse el impermeable. La pintora se dirigió de inmediato a la cocina y él la siguió, especialmente el movimiento de las caderas. Por suerte iban en su misma dirección y el crítico no se vio obligado a escoger. La cocina era grande y se sentaron para cortar las verduras para preparar el arroz. La pintora curvada hacia adelante, el crítico aún más adelante, el ojo experto. Ella hablaba feliz de lo que se habla con un crítico, incluso con ése más interesado en los escotes. Los verdaderos artistas se quedan de esta parte de todo y no necesitan expresar nada. Y así son completamente con las cosas, en sus obras. Y lo son en cada momento en forma diferente, definitivamente. El crítico entendía bien, y cortaba las verduras aún mejor. Luego empezó a mezclar el arroz, mientras ella seguía hablando, completamente entusiasmada. En un momento de conciencia intuyó que su trabajo no habría tenido sentido, el trabajo del crítico, sin duda, no el mezclar el arroz. Pero, luego, ella se lo dijo explícitamente y así se dejo empañar con los vapores gastronómicos, desmotivado. Comieron rápidamente, sobre todo el crítico. Ahora que las caderas se habían detenido, le miraba el cuello, los cabellos, y todo lo que osaba oscilar, aunque fuera sólo un poco.
Ella quería beber algo, en el salón, y él la acompañó, tomándola por debajo del brazo. Tenía un perfume inquietante, de cuerpo maduro, y pulsaba tibia en el doblez del brazo. El crítico se sentó en el sofá, ella le llevó de beber. Luego, él quiso examinar el cuadro, así, tanto para hacer algo, y reía alegre. No la había escuchado, sin duda, la había sólo mirado atento, todo el tiempo, y ella lo sabía muy bien y reía mucho menos. Entonces, encendió la luz en el rincón del salón, frente al caballete y se acercó curioso y cauto a la tela. Pero había debido serlo aún más, curioso antes y cauto ahora. Estaban él y la pintora….no habría nunca osado a imaginar tanto, no en presencia de ella, por lo menos: acéfalos, amontonados, y un ardor de herida, excesivo, difuso. Se volteó, el crítico, ella sonreía serena. Tropezó en al impermeable y salió, sin voz. La pintora junto a la tela de despidió de él, simplemente.
Por suerte nadie vivía arriba de Ilario. El motivo no es bien claro, pero así amaba sostener alguien, tal vez uno de los viejos. Los viejos no podían afirmar que conocían a Ilario, pero habían conocido al arrendatario anterior de su apartamento, un tipo poco recomendable. Lo que cuenta, en la vida, son las primeras impresiones.
A decir verdad, frente a Ilario había vivido alguien: una pareja diferente, diferentes entre ellos, obvio, como dice la naturaleza. Un día, tenían que ir a alguna parte y habían tomado una autopista. Luego él tenía que pagar a la salida y se había olvidado el dinero, ella también, y el peajero les había mandado de vuelta. Habían salido peleando y habían seguido peleando, ahora que tenían un motivo más. Se habían detenido en una gasolinera, para ir al baño, y afuera de las puertas con las figuras que indican los sexos, habían chocado inadvertidamente y habían recomenzado a pelear. No habían encontrado un instante para hablar con nadie y habían vuelto a partir sin dinero, las voces altas, Peleaban y los peajeros no querían dejarles pasar.
Esto sucedía algunos años antes y era convicción común que aún seguían en la autopista. Ya nadie los esperaba. Un día, sin polémicas, la gasolina no habría hecho otra cosa que terminar.
Parecía la caja de un prestidigitador. Y adentro estaban el conserje y su perro. Y también un escritorio, una silla, una estufa encendida para el invierno y un televisor encendido siempre.
El perro del conserje no miraba otra cosa que los debates y alguna buena película antigua. El conserje, más facilón y un poco romántico, seguía todo con los ojos ávidos, sobre todo las telenovelas. Y el hecho que su perro no quería que lo llamaran Miranda, realmente no lo soportaba. El perro del conserje era un lulú, y si hubiera sido absolutamente necesario un apelativo ridículo, habría preferido que fuera sólo en forma confidencial. En cambio no, todos se tomaban libertades. Por lo demás, él, antes que nadie, habría querido ser otro, tal vez el perro de un cazador, en resumen, con un status preciso. No existen perros de conserje. Existen perros de ciegos, por ejemplo, y tal vez hubiera sido mejor, para conducir el juego. Y por lo menos ese estúpido televisor habría dejado de perseguirlo. Que fatiga. Un día el perro del conserje pensó: “Vivir es terriblemente humano, por esto no logro acostumbrarme”. “Yo tampoco”, confirmó el conserje. Estaba respondiendo en coro con Fernando, debido a la cuarta réplica del episodio.
El perro del conserje salió de la caja de prestidigitador, salió también del portón y se echó a la entrada, junto a los timbres. Mientras el conserje se sumergía en los besos más apasionados, la pantalla cercana. Tenía un armario en el que tenía todo lo que le regalaban. Si no se lo regalaban se lo tomaba. Tenía una bufanda de seda de la pintora, un guante de Anna, el paraguas de Ilario y hasta el felpudo de la pareja de la autopista. Estaba encariñado con esos regalos y, de vez en cuando, abría el armario para mirarlos. El perro pensaba que, en fin de cuentas, era un buen hombre con muchas carencias afectivas. De todos modos, él no tenía ninguna intención de llenárselas, tenía otras cosas en qué pensar, él, como arreglárselas para existir sin vivir, tanto para dar un ejemplo, y necesitaba concentración. Uno de los viejos lo chocó, la nietecita de la mano. Los entrevió de espaldas, el uno junto a la otra, y se quedó dormido. El conserje se agachó para recoger una cinta que se había caído de los cabellos de la niña. Esbozó una mueca de agradecimiento furtivo y la encerró meticuloso en el armario. Todos le querían en ese edificio, como en ninguna otra parte. Feliz, se estiró en la silla, al sonido del mundo constante del televisor.
Luego, sucedió lo imprevisible. O, mejor dicho, si el perro del conserje se hubiera esforzado en considerar escrupulosamente todas las relaciones de causa y efecto, tal vez lo habría previsto. Pero justo ahora estaba disfrutando del sueño de los justos.
Primero se escuchó una explosión. Luego el conserje empezó a llamar a Miranda. El perro pensó que era oportuno hacer como que no pasaba nada. Pero el conserje siguió con el mismo tono, mejor dicho, en el mismo idioma, si es que se podía definir un idioma. Declamaba términos muy particulares, el acento genéricamente latinoamericano. El perro se preocupó y decidió ladrar a más no poder. Mientras tanto, el conserje había abierto el armario y, sin dejar de hablar, se ponía la bufanda de la pintora y el guante de Anna, se anudaba a la muñeca la cinta de la nieta y, paraguas en la mano, ponía el felpudo fuera de la caja de prestidigitador.
El perro consideró necesario ponerse a ulular para mover el ascensor. Llegó primero Ilario, no se fijó en el paraguas y sugirió al viejo, que estaba detrás de él, que llamara a Anna como intérprete. Pero Anna no lograba entender nada, y ni siquiera la muchacha que bailaba flamenco. Habían muchas palabras que terminaban en “s”, justamente como llamó la atención el licenciado, sobre esto no había ninguna duda. El televisor apagado y el perro reflexionaba. Luego llegó la pintora, quien notó el guante de Anna, pero no dijo nada. Trató de decirlo a la vieja, a quien hizo callar el marido. El conserje, exaltado por el público, seguía haciendo su exhibición dirigiéndose a veces a unos, otras a otros. Y no se podía hacer nada más que sonreírle, o decir que sí complacido, naturalmente no rebatir, porque hubiera comportado una cierta dificultad. En esa ocasión, alguien recordó a la pareja desaparecida de la autopista y hubo algunos instantes de religioso silencio. El conserje quiso dar inicio a una letanía, pero nadie fue capaz de seguirlo y todo terminó allí. En efecto, había realmente bien poco que hacer y todos se miraron recíprocamente, casi aburridos. Pero el perro nunca había dejado de reflexionar, el televisor apagado.
Finalmente la nieta de los viejos se acercó curiosa a la pantalla, apretó un botón, apretó otro, un freír de algo y lentamente el mundo volvió a fluir, luminoso.
Así, el perro del conserje pudo dejar de reflexionar y volvió al lado de los timbres a dormir. El conserje agradeció en forma comprensible a su público y luego no le dirigió ni siquiera una mirada. Cada uno reconoció sus propias cosas, pero nadie se atrevió a protestar mientras el armario volvía a cerrarse mágicamente.
Carrera hacia los ascensores y a las escaleras como escolares gritones. Luego, al latir cálido del televisor, de nuevo la normalidad. Y Fernando abrazó a Pedra. Claro, un final mejor no se podía pedir, para seguir, convencidos, terminando.

Traducido por: A.M.Gabriela Bustamante Escobedo

Mia Lecomte nace en Milán en 1966 y vive en Roma. Su actividad de crítica y editorialista la desarrolla en el ámbito de la literatura comparada, y en particular, de la literatura de la migración: dirige la colección Cittadini della poesia (Ciudadanos de la poesía) de la Editorial Zone (Roma), dedicada a la poesía de la migración italófona; ha coordinado la antología Ai confini del verso. Poesia della migrazione in italiano (En los confines del verso. Poesía de la migración en italiano) (Florencia 2006) y con Luigi Bonaffini ha realizado A New Map: The Poetry of Migrant Writers in Italy (Un nuevo mapa: La poesía de los escritores migrantes en Italia) (Los Ángeles 2006); ha dictado conferencias sobre el argumento en Universidades italianas y extranjeras como la State University de Nueva York, y en los Institutos de cultura italiana de Nueva York y São Paulo (semana de la lengua, octubre de 2004). Enseña en el taller intercultural "Cantiere delle storie-Voci dell'Immigrazione" (“Obra de las historias – Voces de la Inmigración”) de Roma, promovido por el premio Solinas y por la Fundación de Liegro. Poetisa, autora para la infancia y de teatro, ha publicado el ensayo Animali parlanti. Le parole degli animali nella letteratura del Cinquecento e del Seicento (Animales hablantes. Las palabras de los animales en la literatura del Siglo XVI y XVII) (Florencia 1995); los libros para niños La fiaba infinita (La fábula infinita) y La fiaba impossibile (La fábula imposible) (Turín 1987), Tiritiritèr e (Bérgamo 2001); el volumen fotográfico Luoghi poetici (Lugares poéticos) (Filorencia 1996), realizado con el fotógrafo Sebastian Cortés; y las antologías poéticas Poesie (Poesías) (Nápoles 1991), Geometrie reversibili (Geometrías reversibles) (Salerno 1996), Litania del perduto/Litany of the lost (Letanía de lo perdido) (Prato 2002, con texto inglés. Con grabados de la artista canadiense Erica Shuttleworth), Autobiografie non vissute (Autobiografías no vividas) (Lecce 2004). Sus poesías han sido publicadas en antologías y revistas extranjeras e italianas, entre las cuales, "Poesia", "Pagine", "Semicerchio", "Specchio" de La Stampa, "L'Area di Broca", "La Mosca di Milano", "Journal of Italian Traslation" (EE.UU.), "Arquitrave" (Co), "Oroboro" (Br). Es redactora del semestral de poesía comparada "Semicerchio" y de las revistas literarias online "Kùmà", "El Ghibli" y "Sagarana". Colabora en "Le Monde Diplomatique", suplemento mensual del diario "il manifesto".

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Anno 4, Numero 16
June 2007

 

 

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