Dice así una melancólica canción italiana.
Yo no soy italiano, soy etíope, cristiano y creo tener 38 años, digo "creo", porque en mi casa no había el registro civil cuando yo nací, por lo menos no lo había en mi pueblo. Me llamo Isaac, tengo dos hijos mayores en Etiopía, nacidos de mi primera mujer que no quiso seguirme a Italia, y dos hijos más pequeños, nacidos aquí de mi actual compañera. Como dice la canción, mi trabajo desde hace más de diez años consiste en llevar cafés a las parejas; a decir verdad llevo pocos cafés y mucho whisky o champán, a veces bocadillos y emparedados.
Pero mi trabajo consiste no sólo en ser barman y mozo, cuando las parejas se marchan, también tengo que hacer las camas, cambiar las toallas, limpiar los ceniceros, controlar si el lavabo está en orden y hacer pasar a la pareja siguiente.
Ahora mi trabajo me parece fácil, pero no siempre fue así.
Cuando encontré este trabajo, en 1968, no sabía una palabra de italiano, ni lo que era una cama; nunca había visto una aspiradora ni una enceradora, ni tenía idea de lo que era un desodorante.
Hoy día puedo comprender también la mala expresión: - Negro inmundo! -
Tengo que admitir que no estaba completamente limpio cuando me contrataron para hacer los trabajos pesados.
En aquel tiempo tenía que limpiar el jardín, el garage, lavar los coches, a veces los cristales.
Estaba muy delgado y me preparaban comidas muy abundantes, pero no lograba tragar
toda aquella comida, por lo tanto la tiraba al váter, para no ofender a aquella gente tan amable. Ellos habían empezado a darme aun más comida, así que un buen día el váter se obstruyó y descubrieron donde habían ido a parar todos esos manjares.
Gritaron todos, amenazaron con ponerme de patitas en la calle, me llamaron ingrato y me provocaron un gran dolor de cabeza, también porque no entendía nada de lo que estaba pasando.
En ese tiempo el hotel no era como ahora, vivían familias completas, gente que se había venido al norte en busca de trabajo como yo, o estudiantes, o gente que no tenía dinero para pagar un alquiler.
La dueña era una linda mujer que a menudo lloraba y chillaba, no sabría decir por qué, tenía una hija que estudiaba y una madre vieja que nunca hablaba.
La vieja señora se ocupaba de cocinar, hacer las compras, planchar los delantales de su nieta y los blancos de las camareras, era recatada pero de seguro tenía que saber hacer muchas cosas porque la nieta a menudo iba donde ella con los cuadernos abiertos pidiéndole explicaciones , ellos tampoco eran italianos, lo entendí sólo mucho más tarde.
Me di cuenta de que la madre a menudo lloraba porque no tenían dinero para el alquiler y el dueño amenazaba con echarles a la calle.
El hotel siempre estaba lleno, pero los huéspedes eran pobres y no siempre podían pagar, y las dos mujeres no tenían corazón para echarles.
En aquel tiempo, en invierno, hacía mucho frío en Milán.
Entendí mucho más tarde lo afortunado que había sido, me habían dado una minúscula pieza en la buhardilla, tenía que agacharme mucho para no golpearme la cabeza, aunque no soy muy alto.
La buhardilla estaba calefaccionada y tenía un lavabo.
Mis compatriotas se la pasaban mucho peor, amontonados en un trastero hediondo o en húmedas bodegas.
La dueña no me era simpática, gritaba demasiado y nunca estaba contenta de mi trabajo, me amenazaba siempre con despedirme.
En cambio, la hija me gustaba mucho, había entendido que si me escribía mensajes lograba entender mucho mejor lo que querían de mí, trataba de explicarme las cosas sin que la madre la viera, me había enseñado a lavarme y a usar el desodorante, me regalaba trajes usados (muchos eran de los clientes que se habían arrancado sin pagar el arriendo), trataba de que me dieran propinas y, cuando supo que tenía una compañera, me ayudó a encontrar una casa de balcón corrido.
Mi primera verdadera casa, donde vivo todavía, si bien hoy en día podría tener otra más bonita.
Amo esa minúscula casa que vio nacer a mis hijos, que he aprendido a pintar yo solo, dónde cada clavo ha sido clavado por nosotros, por mí y por mi compañera.
En este tiempo mandaba parte del dinero que ganaba a mi primera mujer, a mis hijos grandes, a mi padre y a mi madre, a mis hermanos, me quedaba bien poco ya que también tenía que tener siempre en el bolsillo un billete para Etiopia: lo habrían tenido que pagar los patrones, pero, en ese entonces, no lo hacía ninguno.
También las contribuciones que me pagaban eran inferiores a las horas que trabajaba, pero nunca les habría denunciado a los sindicatos, ya sea por miedo a no encontrar otro trabajo, como porque no entendía mucho de jubilaciones y de derechos, así como también porque habría trabajado para ellas aunque no me hubieran hecho un contrato regular.
La vida transcurría bastante tranquila y cuando nació mi hijo Thomas no lo dije, pero cuando mi compañera encontró un buen trabajo, tuve que preguntar si lo podía llevar conmigo al trabajo.
La hija de la dueña lo tenía con ella mientras estudiaba y, cuando supo que no lo había registrado en el registro civil, se enojó mucho y me ayudó a regularizar su posición.
Hoy Thomas es italiano, pero en sus documentos tiene dos años menos.
Fue más fácil cuando nació Isabel.
Todo cambió el día en que llegó el oficial judicial para notificar el desalojo.
Cerraron el hotel y echaron a los clientes.
La dueña gritaba y lloraba cada vez más seguido; en ese entonces todavía no tenía mi departamento de balcón corrido y temía que me echaran.
Las dos mujeres lograron hacer que me quedara, único arrendatario, de un hotel vacío.
Las dos mujeres estaban siempre dando vueltas, la madre había vendido todas sus joyas y se habían llevado algunos muebles, no me pagaban más el sueldo, pero me habían dejado una estufa y, cuando era hora de almorzar, me llamaban siempre.
Una tarde llegó una señora a visitarles, era un poco tosca, llevaba muchas joyas y el costoso abrigo de piel no embellecía su cuerpo sin gracia. La dueña habló largo rato con ella, seguía repitiendo: "Pero tengo una hija!!". La otra respondía: "¿Y qué? Harás que tu hija estudie, pagarás las deudas y te darás cuenta que es un trabajo como cualquier otro". Antes de irse le dio un cheque.
Pocos días después mi vida cambió para mejor.
La señora dijo que habría tenido que aprender a hacer las camas y a limpiar las habitaciones.
Así aprendí a usar los electrodomésticos y tuve un uniforme de segunda mano.
También trabajaba la dueña, mientras que la hija estudiaba sentada en la caja frente a un gran registro.
Algunos días después el hotel volvió a abrir, las habitaciones se llenaron de nuevo, pero no de estudiantes ni de trabajadores en busca de casas, sino de parejas que se detenían por algunas horas, otras sólo por pocos minutos. Yo prefería a estas últimas: la pieza casi estaba ordenada cuando salían, tenía que prestar atención sólo a los papeleros, para vaciarlos me dijeron que me pusiera los guantes, pero no los usaba nunca. Así aprendí lo que eran los condones.
Hasta ese entonces, nunca había visto uno ni tampoco sabía para qué servían.
En cambio, las parejas que transcurrían algunas horas dejaban las piezas como si fueran campos de batalla, tenía que apurarme en cambiar las sábanas porque ya había otra pareja esperando. El trabajo parecía no terminar nunca, las lavadoras se llenaban y se vaciaban continuamente, como las mujeres de servicio que iban y venían a ritmo veloz.
Sólo más tarde entendí que para algunas el trabajo era indecoroso para la referencias futuras, para otras era más fácil volverse clientes que seguir limpiando.
Fue así que contrataron a un compatriota mío que trabajaba de noche y me sustituía.
La señorita preparaba el café y lavaba los vasos, preparaba los desayunos, se encargaba de despertar a los clientes.
Sí, porque no he dicho que las piezas eran alquiladas muy tarde en la noche a personas que se quedaban hasta la mañana.
He perdido la cuenta de las sábanas blancas que cambiábamos varias veces al día.
Las deudas se pagaron, se necesitaron más de tres años de duro trabajo, pero al fin se pagaron, el hotel se pintó y se hermoseó, se instalaron teléfonos en las habitaciones, finalmente se contrataron otras camareras, entusiasmadas por un sueldo de todo respeto.
La señorita vivía trabajando todas las noches y estudiando, a veces sustituía a alguna camarera que no se presentaba al trabajo, no salía nunca, no tenía amigos.
La madre se había enfermado del corazón, tal vez había llorado y gritado mucho.
Un día, la hospitalizaron y le comunicaron que, si no se operaba de inmediato, se habría muerto.
Los médicos dijeron que si se hubiera operado en una clínica la habrían podido operar inmediatamente, si en cambio prefería el hospital habría tenido que esperar meses.
Recuerdo la expresión asustada de la señorita, llamó por teléfono a esa señora, la del cheque.
Esa vez también el cheque llegó. Fueron días difíciles, sin la dueña y sin la señorita no podíamos trabajar.
La señorita estaba siempre en la clínica, por más de veinte días el hotel permaneció cerrado.
La señora no se mejoraba y la clínica costaba mucho.
Volvimos a abrir y yo fui promovido a portero, aprendí a registrar y a recibir el dinero de los clientes.
A menudo me ofendían, pero nunca dije nada a la señorita para que no se preocupara.
Pero un día me vi obligado a pelear con un cliente que no quería pagarle a un "inmundo negro".
La señorita lo escuchó y salió de la habitación donde estaba descansando, como una furia desencadenada, tomó al hombre por la corbata y poco faltó para que lo sofocara, ordenándole que no volviera nunca más al hotel.
Era uno de nuestros mejores clientes, consumía mucho y venía a menudo.
Desde ese momento, si todavía no lo era, la señorita se volvió para mí más que una hermana.
Al día siguiente recibí el encargo de hacer depósitos diarios en el banco, a la señorita le daba miedo tener el dinero en la casa y me dejaba el dinero de la noche en un lugar que conocíamos sólo nosotros dos y, en la mañana, antes de entrar en servicio, me encargaba de los pagos y de las compras cotidianas.
Los clientes no aceptaban que un negro les preparara el café, tampoco las prostitutas, mal soportaban el hecho de que un negro lavara los vasos.
Aceptaban hacer cosas peores, con individuos mucho más sucios que yo, se acostaban incluso con negros, pero no aceptaban que un negro lavara las tazas...
En ese tiempo todas las prostitutas eran blancas, todas inmigradas italianas, venían del sur de Italia, encontraban lo que creían amor, confiaban en una vida mejor y terminaban en la calle, a menudo eran golpeadas, seguidas por la policía que las acorralaban como animales en extenuantes e inútiles redadas.
Y, a pesar de eso, no aceptaban la idea que un negro les preparara el café.
Yo no me preocupaba mucho, entendía que era la ignorancia la que las hacía razonar así.
Tenía mi mundo de afectos, mis hijos en Etiopia habían aprendido a leer y a escribir gracias al dinero que les había enviado por tanto tiempo y me escribían de vez en cuando, mis hijos italianos crecían sanos y bellos, mi mujer me amaba y tenía un buen trabajo, yo tenía mi segundo gran amor todos los días conmigo, sí, creo que hoy día lo puedo decir, a distancia de tanto tiempo, amaba a esa muchacha que había casi visto crecer, la amaba como amigo, como hermano y también la habría amado como amante; sólo una vez robé algo en esa casa y fue un par de bragas negras de la señorita.
Cuántas veces me arrepentí, si se hubiera dado cuenta, habría echado a perder ese maravilloso entendimiento cotidiano.
Cuántas veces me había masturbado pensando en ella y me puse celoso cuando vi a un hombre salir de su pieza, pero lloré por ella cuando ese hombre no se mostró digno de su amor.
Creo que se dio cuenta de las bragas, las guardaba en mi armario, escondidas detrás del uniforme, pero nunca me dijo nada, evidentemente me tenía cariño como yo a ella.
A propósito de las prostitutas italianas, me pregunto dónde habrán terminado, ahora que hay sólo extranjeras y drogadas en la calle, ¿habrán logrado "retirarse" como esperaban?
Tengo mis dudas, pero hoy el mundo es mucho menos limpio que entonces.
La hospitalización de la señora duró cinco extenuantes meses, la señorita estaba desesperada por la salud de su madre y por el dinero que parecía que no bastaba nunca, había tenido que abandonar de nuevo los estudios y se había vuelto la sombra de sí misma.
A empeorar la situación se habían agregado extrañas visitas de policías de paisano, había entendido que eran policías porque ella les llamaba por sus grados, sus visitas hacían que la señorita se sintiera siempre más preocupada e inquieta, al día después de sus visitas yo no tenía que ir nunca al banco.
Un lunes por la mañana alguien me siguió hasta el banco, me agredió y me robó, pero me sentí feliz de haberle dado sólo mi sueldo y no todos los ingresos del fin de semana.
No me preocupaban los puñetazos, sino el hecho de saber que ya no estábamos al seguro.
La señorita habría querido que dejarme la mitad del dinero que había salvado, pero yo no lo acepté, ese mes me conformé con la mitad de mi sueldo y la señorita se preocupó que yo recibiera muchas más propinas que de costumbre.
Prácticamente, le pedía a cada cliente, y para ella no era fácil porque era orgullosa y no le gustaba pedir, pero ese mes dejó de por lado el orgullo.
Lo curioso de ese período fue la extraña mezcla de clientes, desde que la señorita se había quedado sola, el salón se había llenado de personas de sexo masculino de las más diferentes extracciones sociales, jueces, curas y policías compartían tertulia con carteristas y holgazanes, ya no iban a las piezas con amantes ni prositutas, se quedaban horas y horas a conversar con ella.
El salón se volvió un lugar de encuentro habitual de gente diferente que intercambiaba ideas y quería escuchar música conversando y bebiendo algo, un mar de hombres solos se alternaban sin parar, hasta que un juez le sugirió que cobrara la entrada, un poco para seleccionar a la clientela, un poco para cubrir los gastos crecientes de ese período.
La señorita había contratado a un músico pobretón y, eso que parecía un hotel de citas, se transformó en un círculo exclusivo, sin licencia y sin nombre, donde sólo pocos podían permitirse entrar.
Eran los mismos clientes los que establecían los precios de las consumiciones para liberarse de los personajes que no les caían bien.
La señorita empezó a administrar algo que ni ella misma sabía cómo definir, pero su presencia era esencial, única mujer en medio de un mar de hombres.
Cada uno de ellos habría hecho cualquier cosa para acostarse con ella, pero nadie osaba ir más allá de alguna velada alusión que ella sabía, magistralmente, eludir.
Ahora, el dinero entraba abundantemente, las piezas se alquilaban, pero sin duda no representaban los ingresos mayores.
En las cercanías. otros hoteles alquilaban piezas por horas, pero los rumores de las entradas importantes de la señorita empezaban a escucharse.
La señorita había pagado toda la operación de la madre y la había colocado en una lujosa y cómoda clínica para enfermos crónicos: desgraciadamente la señora no se había recuperado de la operación y nunca habría podido ser de nuevo útil a sí misma o a los demás.
Yo miraba cómo se le iba la juventud a esa mujer tan admirada y tan sola y cansada, explotada por la gente que le permitía pagar los tratamientos de la madre, explotada por los policías que cerraban un ojo tanto respecto a las parejas como respecto a la ausencia de la licencia para servir alcoholes, esclavizada por una madre enferma que no le dejaba un momento libre; me sentía su único verdadero amigo y parecía que realmente era así.
No tardaron en llegar los pedidos de pellizcos de otras partes, por suerte los delincuentes no eran feroces como los de hoy, porque sé que, aún temblando de miedo, logró no sucumbir a sus chantajes. Recuerdo un día en que, con los ojos rojos de rabia, respondió a un tipo horrible: "No tengo nada que perder sino mi madre y el trabajo, si me tocan una u otro me volveré como ustedes y no vacilaré en disparar si será necesario".
El bluf funcionó, gracias a Dios o a quien sabe, la señorita logró no pagar pellizcos al hampa y, gracias a las personas que había conocido en su mismo salón, poco a poco logró liberarse también de los pellizcos a los policías y a los funcionarios de la policía fiscal.
Las parejas que llegaban se hicieron cada vez más escasas, fagocitadas por la competencia.
Yo era siempre el factótum del día y ella el hada de la noche, sacerdotisa de un templo donde los hombres no buscaban sexo, sino compañía y humanidad.
Sólo quien ha formado parte de ese extraño mundo sabe la verdad, ante los ojos del mundo ése era un lugar de perdición.
En ese tiempo obtuve mi última promoción, se me concedió hacer el café, lavar los vasos y, algunas veces, beber champán con ellos, ya no usaba uniforme, servía los tragos, pero sólo en los días de descanso de mi compañero, yo no recibía tantas propinas, no le caía muy bien a los "amigos" de la señorita.
Un extraño día, la señorita se enamoró y esto asombró a todos. Ella tenía que estar allí para sonreír, conversar, cantar o jugar a las cartas con ellos, no era posible que se enamorara, que tuviera un hombre.
La sacerdotisa tenía que seguir cumpliendo su papel.
Yo también sufrí mucho viéndola tan diferente y feliz.
El hermano le ganó al enamorado, expresé el deseo que ese fuera el hombre justo, aunque nunca logré sentir simpatía por él.
En ese período la madre de la señorita falleció.
Ella se sintió libre, no habría tenido que pagar más la costosa clínica, ya no tenía más deudas, decidió vender el hotel.
Como las entradas eran todas en negro, el precio ofrecido fue bajo.
La señorita quería vivir su única ocasión y había iniciado a descuidar el local, sin ella ese lugar no tenía razón de existir.
La gente comenzó a venir cada vez más raramente, los hombres comenzaron a beber demasiado, alguien inició una riña inmotivada y llegó la policía, la señorita fue arrestada y, por absurdo, la imputación fue de proxenetismo.
Yo no entiendo mucho de leyes, pero no creo que la señorita haya favorecido ni encubierto nada, ni siquiera habría tenido el tiempo para hacerlo y, además, los hombres que conocía se hubieran preocupado mucho de no hacerse ver en compañía de una mujer.
De hecho fue absuelta, pero lo que ocurrió le quitó las ganas de luchar, el gran amor ante las primeras dificultades había desaparecido y también los grandes amigos.
Las entradas no alcanzaban para pagar los gastos, las parejas ya no venían desde hacía mucho tiempo, el club se había disuelto como nieve al sol, los pocos clientes que venían a dormir no bastaban para pagar ni siquiera nuestros sueltos, pero lo que era más grave eran los ojos de la señorita: eran siempre bellos, pero apagados. Sufrí mucho cuando decidió vender e irse, entendía que no había nada más que hacer.
La habrían aplastado, tenía que irse, lejos, sola, sin mí.
Ahora trabajo en un bar de un hotel de citas y sirvo el café a quien hace el amor...
Maria Vittoria Morokovski nace en Roma, hija de exiliados rusos, y se licencia en Milán en Lenguas y literatura extranjeras. Traductora de textos literarios del ruso y del francés, muy joven publica cuentos y novelas en varias revistas. En 2004 debuta con la novela La cosa più bella della nostra vita (Lo más bello de nuestra vida) (Ediciones Vida) y en 2006 la casa editorial de Bolonia Giraldi le publica La prima volta di Marily (La primera vez de Marily). Ganadora de premios literarios, sus cuentos están incluidos en numerosas antologías, entre las cuales Canti di Venere (Cantos de Venus) (Editorial Borelli, 2005).