El tren se desliza en su acero, ajustando su trayecto en las curvas. Recuerda a los hombres que la carrera es innatural. Yo estoy sentado en el asiento treinta y cuatro, vagón siete. Estoy muerto desde hace una semana exacta. Siempre me he preguntado que es el más allá. Y ahora descubro que de aquí non se va nunca nadie. Uno se queda pegado a la vida, esa que no tienes más. Pensándolo bien, es todavía más difícil. No intervienes en tus cosas, que cambian continuamente.
Que ajustan las direcciones como un tren. Y tú puedes permitirte sólo estar sentado en tu lugar.
Llevo todavía la ropa del último día. El mínimo consuelo es que no se ensució con sangre. Conmoción cerebral. Grava sobre el camino de mi vespa. Que muerte tan estúpida la mía. De todos los puntos que podía elegir donde hacer trizas mi futuro, me tocó una columna del pórtico. Como otras mil. Todas iguales. Todavía tengo un poco de olor a hospital. Cuando me declararon muerto, simplemente me levanté de la cama. Como si estuviera aburrido. Atravesaba la calle y el coche de mis padres casi me atropelló. Por lo menos, eso me pareció. Ellos corrían hacia el cuerpo del hijo, ya inmóvil. Todo lo que logré hacer fue sentarme en la marquesina de la parada de buses. Esperando. Mientras nadie notaba mi presencia.
El tren me acompaña a la ciudad. Estoy volviendo de la costa. Quería ver el mar, con los ojos de quien ya no está más. Ojos que se parecen a las bolitas de las estatuas de cera. Elegidas con esmero entre tantas otras. Gris espejo. Innaturales. Como yo, pasado a mejor vida, que, por lo demás, es siempre la misma. Pienso en Laura, en los silencios que estará expresando, encerrada en sí misma. Pienso en los cafés cortos que tragará, con el MP3 en los oídos, mientras vuelve a leer las palabras que nos hemos escrito en todos estos años. Estoy yendo a donde ella, con el perfume de la playa en mi cuerpo de vapor.
Ya me han enterrado. El miércoles había sol. Pasa siempre así. Al final uno se casa con lluvia y se muere bajo una luz inoportuna. Me quedé afuera de la iglesia. No tuve el coraje de entrar, de sentarme y decirme adiós. Me parecía inútil hacerlo. He tenido miedo de llorar, y no se si quiero. Si conozco a mis padres, les imagino dando miles de gracias, todavía sorprendidos por lo acaecido. A mi madre le costará aceptar la situación, incluso con mi ausencia delante de los ojos. Mi padre ya está llorando, encerrado en el baño, con una toalla comprimiéndose el rostro, y los grifos abiertos. Se peina y se afeita sobre todo para ella.
El día antes del funeral, los amigos de toda una vida se emborracharon en mi honor. Fueron al aparcamiento del estadio. Yo lo descubrí por casualidad. O, tal vez, ya lo sabía, no sé. Mientras ellos bebían ron solo, se contaban cuentos sobre mí. Se reían pensando en mis ocurrencias de un tiempo. De vez en cuando alguien se desplomaba. Lloraban abrazados por mí. Vale la pena morir, quizás, sólo por esta extraña ola de afecto que te vuelve. Algunas cosas las sabes. Pocas veces tienes la ocasión de percatarte de ellos. Tu los ves mientras nadie te ve. Mi transparencia borra las censuras, las inhibiciones. No he crecido bastante como para aprenderlo en las cosas. Lo he tenido que aprender desde afuera.
Sara decía a Matteo y a Andrea que Laura no habría venido. No lo soportaba. A la pregunta ¿como lo ha tomado?, nadie respondió.
De la estación corro hacia el centro. Es una tarde tranquila. Límpida. Pienso un poco en cómo entrar en casa de Laura sin tener que tocar el timbre. Y mientras pienso, cierro los ojos. Cuando los vuelvo a abrir, ya estoy en su habitación. La veo sólo después de un rato. Está ahí, acostada e inmóvil. Aprieta en el puño un pañuelo de papel. Tiene los ojos hinchados y la nariz roja. Los cabellos despeinados. Quisiera que los llevara detrás de la oreja, como hace siempre con ese gesto encantador, de niña educada. Quisiera que me mostrara todo su rostro.
Un desaliento e apodera de mí porque no le puedo decir que estoy aquí, que en el fondo nadie se pierde realmente, nadie desaparece. Que cuando se muere es sólo el cuerpo el que se borra, pero no el amor. En la mesita de noche hay un té humeante, que ella no beberá. La mamá no sabrá que hacer. Esa mujer siempre se ha preocupado demasiado. Cuando pienso en que un día Laura se enamorará de nuevo, se casará, tendrá hijos con otro hombre, descubro cuánto me falta mi vida.
Mi voz. Quisiera dormir o tan sólo sentir la necesidad de hacerlo. Me acuesto por un instante, en la alfombra de rayas, debajo de su cama. Sus sollozos son como una segunda muerte.
Tal vez este será mi destino: ¿acompañar a mis seres queridos con sus recuerdos de mi, que se disuelven?
Laura susurra algo. Se pregunta por qué. Quisiera responderle que no lo sé. Pensar que pasó y basta, no serviría de nada, ni a mí ni a ella. Pero la verdad es que es así.
Un segundo después estoy al lado de mi casa. Mi padre todavía está en el coche, vestido con la ropa de trabajo. Ha empezado a fumar de nuevo. Mientras lo miro pienso que ya no queda mucho tiempo. Una sensación improvisa me envuelve, y no tengo idea de donde venga. Me acerco a él. El reflejo de las luces de la calle se esparce en el cristal de la puerta, para verlo tengo que aprovechar en la oscuridad ese espacio abierto que ha dejado para dejar que salga el humo del coche. Un hombre que se pregunta cuántas cosas habría querido decirme antes de que fuera demasiado tarde, esto es lo que veo. Mi padre, el hombre serio de chaqueta y corbata, integérrimo. Con él hablaba sólo del futuro lagunoso que me esperaba, de los impuestos, de los jefes de gobierno. Cuando era un niño escribía en mis temas de la escuela que habría querido ser como él. Creciendo me he olvidado de él y temo que él se haya dado cuenta. Lo miro y en un instante le digo adiós.
Mi madre está sentada en la cocina, con los cabellos entre las manos. Ha dejado el refrigerador abierto. Mientras me acerco a ella para observarla mejor, habla:
- No puedes haberte ido sin decírmelo. Me decías siempre donde ibas, cuando habrías vuelto. Estoy enojada contigo....
Por un momento se me pasa por la mente la idea que sienta mi presencia.
- No puedes haberte ido …
Mi madre se pone a llorar. Creo que no son sus primeras lágrimas. Me doy cuenta porque son agua plena, densa, como si hubieran sido conservada para un preciso momento. Ella no sabe que ese momento lo estamos compartiendo. Se desploma sobre la mesa, se cubre la cara. Yo aspiro su perfume. Nunca lo ha cambiado. Su perfume es el perfume de mi casa, de sus noches sobre el sofá a ver las películas en la tele con ella, mientras me preguntaba si estaba enamorado. Y una tímida sonrisa mía la servía en bandeja, viva, a la curiosidad.
Mi vapor la envuelve.
Camino hacia un alba que revienta contra todo, salvo contra mí. Ahora, miro mi ciudad. Inmóvil, casi en pose antes de una foto en Navidad. Quisiera no recordar mi nombre. Quisiera que mi memoria se escurriera entre mis dedos y se perdiera. Morir no fue divertido. Pero esto se puede imaginar incluso sin haberlo vivido. Estamos obligados a despedirnos, a dejar a la deriva todo. Los adioses imprimen el sentido al hecho que tu has estado, si bien por demasiado poco tiempo, y esto hace difícil la separación.
Al final, yo también he llorado.
Y además, he descubierto también que el paraíso te lo escoges tú mismo. Ahora lo entiendo, ahora que floto desnudo sobre la superficie de un mar que creo no existe en la naturaleza. Cada parte de mi cuerpo ya no tiene peso. Bajo el sol. Cuando era niño, mi padre me hacía flotar como un muerto, frente a la orilla, donde se tocaba. Mi madre, debajo del quitasol, leía, se distraía para saludarnos de vez en cuando. Ahora que estoy muerto de verdad, he elegido este rincón de mi, de mi pasaje, para seguir siendo eterno.
Y es como perderse, para siempre.
Alessandro Ledda se graduó en 1998 en el Liceo humanista D. A. Azuni, en Sassari. Actualmente está inscrito en la carrera de Sociología en la facultad de Ciencias Políticas en la Universidad de Bolonia.