Como a las cuatro de la mañana no se puede pensar en todo. La cama se movía, pero durante el sueño suceden tantas cosas mucho más preocupantes, que un movimiento de la cama no puede, de por sí, ser un interrogativo mayor. Ni siquiera el ruido ensordecedor y difuso, parecido a una cascada inminente, logró despertar en mí la menor sospecha. Los sueños son así. Algo irrumpe como el mercurio en el tubo del frágil termómetro de vidrio colocado en una taza de té, sin que uno pueda seguir realmente su crecimiento, ni siquiera la propagación más allá de los límites admitidos ni mis tobillos detuvieron el flujo de las sábanas embebidas de agua. La cama era mar y yo comenzaba a tomar las formas de un pez aturdido por una explosión, que expone su barriga al alcance de todos.
Tuve el tiempo de escoger mi último pensamiento. Se lo dediqué a mi madre. Veía su rostro envejecer en las raras fotografías que recibía a través de los años. Cada foto parecía hecha de propósito, cada vez desde más lejos. Como si quisiera esconderse al fondo de la fotografía. Su eterna sonrisa calcificada en las arrugas. Un gesto, una caricia, y hubiera podido desmoronarse como una iguana embalsamada. En la última fotografía no lograba ver nada más que su silueta detrás de un árbol desnudo, encapuchada para esconder el cuerpo, tal vez ya inexistente, apoyada al tronco para no desplomarse, pero me pareció de espaldas. Creo que dentro de esos vestidos, ella ya no estaba. Nos había dejado la huella de su ser, su caparazón, pero se había ido, como la cigarra.
La inundación se apoderó de mis cabellos como algas y mis senos afloraron fluctuantes, con dos pequeños faros apagados que sobresalían, sumergidos espasmódicamente por oleadas de agua de lluvia. esos dos faros eran demasiado pequeños como para avisar a los objetos que pasaran lejos de mi cabeza, y me sentí atropellada por libros y bibelots de todo tipo. Uno no tiene idea de cuántos objetos sueltos se poseen antes de ser inundado.
Yacía desnuda, las aguas se habían calmado a nivel de mi rostro. Veía mi cuerpo frente a mí, tendido, con sombras grises y verduscas, tornasoladas. Era un cuerpo dilatado y sin peso. Pensé que tal vez habría tenido que perforarme el ombligo y colocarme un aro de oro con una piedra roja, así por lo menos algo hubiera brillado en medio a toda esa carne morada. Sin luz, también la pieza estaba desnuda, como yo, el silencio de ambas, total. Pensé dormir, pero el frío me invadió. Me cubrí con la pesada sábana mojada. Tuve que sostenerla con las dos manos porque el movimiento del agua la arrastraba lentamente, como una hoja muerta hacia un desagüe.
Sentí que también yo me hubiera ido por el desagüe si sólo hubiera soltado el agarre. Mis dedos se pusieron rígidos y fijaron permanentemente sus huellas en la tela de algodón. Todos los objetos que amaba estaban aquí, a mi alrededor, sumergidos en la placenta de mi cuarto. Afuera, ahora, se oían voces como a través de un tímpano tenso de piel de cabra.
- Volveremos luego por el cuerpo..
Ahora, frente a mí, desfilaban las flores secas del florero de la entrada, los caramelos con el envoltorio plateado, mis pantuflas color verde manzana con pon-pon.
Traducido por: A.M.G. Bustamante Escobedo