"Se acabó", pensó Marta mientras entraba en el confesionario.
Dentro del hábito gris de monja que la había vuelto invisible a los ojos de la gente, Marta llevaba tantas cosas.
La soledad, fiel compañera de celda en las largas noches del convento, cuando había aprendido a llorar tan despacio que ni siquiera Dios habría podido escucharla.
El recuerdo, tan claro y presente, de aquella noche glacial cuando había dejado que Anna se metiera en su cama. No habría sabido decir por qué. Quizás porque afuera llovía y Anna había entrado a su celda llorando. Quizás porque en la oscuridad de aquella noche tenían miedo de todo. La piel de Anna sabía a cera. Las dos sentían la necesidad de saber que la otra estaba allí, que la oscuridad se detenía afuera de sus cuerpos, que en la cama de hierro forjado, que de repente se había vuelto pequeña, la soledad no tenía lugar donde detenerse. Luego se habían quedado dormidas como dos cachorros extraños que por una noche se encuentran en la misma cueva.
Así las había encontrado Madre Agnese al alba. Después de un largo y complicado discurso en que había mezclado Dios, Diablo, pureza y pecado, todo junto, había castigado a Anna con inútil violencia echándola del convento, no porque fuera más culpable que ella, sino simplemente porque su familia era mucho más pobre y no habría podido protestar.
En cuanto a ella, Madre Agnese había encontrado la manera de quebrarla dentro.
Treinta días de autoflagelación habrían quitado el vicio de su alma y vuelto a purificar su cuerpo.
Así pues, ella tenía que castigar su cuerpo azotándose hasta perder los sentidos todos los días, bajo el atento control de Madre Agnese que bajaba para acudirla personalmente. Un poco de agua, pan y oraciones debían de bastarle para todas esas horas que no terminaban de pasar. No había noche porque no había día y la llegada de Madre Agnese, puntual como la muerte, era el único indicio de que había transcurrido otro día.
Esa mujer la miraba cumplir con su acto de penitencia cotidiana, luego se iba sin decir una palabra, dejándola cada vez con la espalda que le quemaba y un odio nuevo en el corazón.
No existía Dios en ese cuarto, sólo un odio infinito que había impregnado los muros y vuelto de plomo el aire.
Al final de los treinta días, ya casi no sentía más el dolor. Se tocaba las largas cicatrices sobre los hombros, los brazos, sobre la espalda y el seno, quedándose dormida con la sensación de tener entre sus brazos el cuerpo de una extraña.
Cuando Madre Agnese había ido a decirle que podía volver a su celda, no había tenido ninguna reacción. Se había dejado llevar como un animalito domesticado.
Habría reanudado su vida en el convento con una docilidad inesperada, bajo la mirada satisfecha de madre Agnese que celebraba su victoria sobre las inclinaciones diabólicas de esa muchacha.
Pero parecía que el Diablo no se había movido de su celda. Dios y el Diablo habían perdido los perfiles en su mente y se habían fundido uno en el otro. En su cama todavía estaba el perfume de Anna, y Marta acariciaba el almohadón, las sábanas y el aire buscando desesperadamente una ilusión. Anna, dulce Anna, su piel de cera caliente, su cuerpo que temblaba.
Dulce aliento del Diablo que guardaba con celo para que el frío, la oscuridad y el olvido no se lo borraran del corazón. Anna, rezo al contrario, para que lo que llamaban vicio no la abandonara, para que la ternura y el calor se quedaran todavía con ella.
De rodillas dentro del confesionario, sentía el peso de lo que había hecho sobre sus hombros delgados, inclinados hacia adelante, y el miedo le apretaba el corazón.
“He pecado, Padre”, comenzó con una voz que incluso a ella le costaba escuchar
”Buscaban el remedio, Padre. Su medicina para el corazón. Madre Agnese se estaba muriendo y su remedio no se encontraba. Se estaba ahogando, sus manos apretadas alrededor de su garganta. Yo tenía en mi mano su medicina, Padre. Era como si tuviera su vida en mi mano. Tenía mi puño tan apretado que me dolía. Ella se moría. Pero yo no lo abrí. Que Dios me perdone, Padre”.
”Dios te perdona, Dios te perdona...”
Era como si alguien, improvisamente, le hubiera quitado el peso que la aplastaba. Ahora era libre. Ya no tenía miedo. Podía partir.
* * *
Anna se había puesto el único abrigo sobrio que tenía sobre el vestido color rojo fuego. Se había quedado despierta hasta la madrugada esperando que el último cliente se fuera, luego se había precipitado hacia la capilla del convento. Todavía tenía sobre sí los olores de los clientes y en el corazón un cansancio nuevo.
“Voy a un funeral” le había contestado a Madame, que siempre quería saber dónde iba.
“¡Pero si no tienes a nadie! ¿Quién se te puede morir a ti?” le había escuchado refunfuñar antes de cerrar la puerta.
Dentro del vestido rojo que la había convertido en un juguete en las manos de los hombres, Anna llevaba tantas cosas.
Su cuerpo, provisorio refugio de deseos clandestinos, marchito en manos apresuradas.
La soledad, leal compañera del cuarto rosado al final de las escaleras, donde había aprendido a fingir tan bien que, a veces, a ella misma le costaba reconocerse.
El recuerdo, vivo como nunca, de aquella noche en la que por la única vez en su vida alguien había sido gentil con ella. El temporal estremecía las ventanas de su celda y ella se había acurrucado sobre la cama apretando la almohada y rezando para que la noche terminara de prisa. El miedo entraba en sus huesos con la misma violencia con la que los rayos entraban en la pieza.
Y cuando se había vuelto insoportable, había escapado a pies desnudos por el corredor y, entrando en el cuarto de Marta, se había precipitado sobre su cama temblando como un animal acosado.
Marta no la había reprendido ni la había rechazado. Le había hecho lugar en su cama y le había secado la cara con el camisón.
“No llores” le había dicho, “ahora somos dos. No pasará nada”.
Anna tenía necesidad de creerle, a pesar de que la voz de Marta temblaba más que la suya. Y allí, debajo de las mantas de lana áspera, por un poco habían olvidado el frío, la oscuridad, el temporal que hacía temblar las ventanas y Madre Agnese, que parecía el fantasma de un mundo remoto. Se había quedado dormida con el rostro aplastado contra el cuello cálido de Marta, sumergida en su olor tranquilizador.
Cuando había sentido que la mano robusta de Madre Agnese la tiraba brutalmente fuera de la cama, había intuido que algo de irremediable le estaba ocurriendo. En un momento, la piel de Marta había quedado lejos, alguien le ponía encima unos pocos vestidos y con un discurso que ella no entendía, la misma mano la empujaba fuera del convento cerrando la puerta a sus espaldas.
Todavía un poco trastornada, se había encaminado hacia la que, tal vez un tiempo, había sido su casa. Pero las palabras envenenadas de Madre Agnese la habían precedido. De este modo, ella se había vuelto improvisamente la prueba viviente de que una hija ilegítima llevaba consigo la semilla del pecado y que nada habría podido cambiar su naturaleza viciosa. Otra puerta se le cerraba sobre sus narices. Había arrastrado con ella su desesperación, caminando por la calles de la ciudad hasta que el hambre le había debilitado el cuerpo y el frío le había enfermado los huesos.
La única que no le había dado con la puerta en las narices había sido Madame Georgette. Su casa era el único lugar donde podía cambiar la muerte con algo un poco más velado, más lento, que se llevaba parte de ella un poco a la vez.
Ahora estaba allí, envuelta en su abrigo negro, en la pequeña capilla que acogía el ataúd de Madre Agnese. Ahora el círculo se estaba cerrando.
“He pecado, Padre. Mis manos están sucias de muerte. Los dulces, los dulces que Madre Agnese recibía todos los domingos por la mañana, los mandaba yo. Sabía que los habría guardado en su velador. Ella no compartía nunca nada con nadie. Se los habría comido en la noche, cuando no lograba dormir. El azúcar en polvo estaba envenenado, Padre. Dulce veneno para su corazón. La he matado, Padre. Poco a poco, tal como ella hizo conmigo. Por largos años he esperado la noticia de su funeral. Pido perdón, Padre”.
“Dios te perdona, Dios te perdona...”
Anna salió, con la sensación de que otra mujer era la que salía de ese confesionario. Anna era diferente. Anna podía partir.
* * *
La iglesia estaba vacía, envuelta en el juego de luz filtrada por las ventanas de colores. Todavía tenía un poco de tiempo antes de que llegaran esos estúpidos campesinos a molestarlo con sus pecados mezquinos. Se acercó al confesionario casi arrastrándose. Su cuerpo macizo se movía con dificultad bajo la túnica negra.
Cuando abrió la cortina, un escalofríos de horror le atravesó la espalda. Un viejo vagabundo se había acurrucado sobre la silla, con los pies desnudos y sucios sobre su cojín de terciopelo.
“¿Qué haces aquí, vago mugriento?”
“Nada, Padre. Tenía frío”.
“Esto es un confesionario, no una cueva para vagabundos.¡Largo de aquí, viejo asqueroso!”
“Ahora me voy, Padre. No se enoje. Sólo quería calentarme un poco”.
¡Estúpido vagabundo! ¡Menos mal que no ha entrado nadie!, pensó el sacerdote acomodando el cojín en la silla. La hora de la confesión se estaba acercando.
“Esperemos que no dure tanto”, dijo en voz baja, pensando en el almuerzo que lo esperaba en la casa del Alcalde.
Traducido por: A.M.G. Bustamante Escobedo