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relajarse

barbara pumhösel

Por fin la oscuridad y, menos mal, junto a ella un sillón vacío. Nadie la ve, nadie la conoce, nadie sabe que está aquí. Ahora se puede relajar. El teléfono móvil está apagado.
Dentro de poco inicia la película: una historia de otra persona, tal vez de alguien imaginario, de todos modos un desconocido. Ella es sólo espectadora. Si la película está bien hecha, logrará identificarse, vivir una vida ajena durante más o menos dos horas.
¿Ha apagado el móvil? Mejor controlar. Pero ¿dónde está? Le parecía que lo había traído.
Siempre ha sido aficionada al cine. Una vez le gustaban las películas llamadas experimentales, también las de tipo nouvelle vague, que siguen las huellas del nuveau roman. Ahora la irritan. Todas esas citas, auto-citas, construcciones en caja dentro caja, etc., le impiden hacer lo que ha venido hacer al cine. Todo ese querer recordar continuamente al público que se encuentra frente a la pantalla, que asiste al pasar no de la vida verdadera sino de una ilusión. Hoy esas películas le parecen productos bajo vidrio, de observar con deferencia o despego, o simplemente ir más allá, después de echarle una mirada y pensar en otra cosa.
También evita las películas de ciencia ficción y casi todas esas de argumento fantástico. Es tan raro que logren crear un mundo paralelo – futuro, presente o pasado – tan perfecto de lograr que se olvide el presente real. Casi siempre algo forzado, algún estereotipo demasiado acentuado le recuerda que está sentada en una silla incómoda porque ha pagado la entrada.
Luego, están los remake – a veces de moda, a veces abandonados – y el pensamiento hacia el original la devuelve al mundo real.

¿Qué se ha caído? Debe ser el teléfono móvil. Se habrá deslizado del bolsillo del abrigo. Estaba justo por controlar si lo había apagado. Ah, no, era un bote vacío contra el cual ha tropezado; el móvil, entonces, lo habrá dejado en el coche.....
En cambio, le gustan las películas de artes marciales; no tienen la pretensión de ser obras metacinematográficas, y ese control absoluto de los cuerpos en movimiento le parecen la otra cara, esa complementaria, de la mente en movimiento, de la vida detenida y meditativa, la prueba de una armonía posible. Esas películas la hacen, simplemente, sentirse mejor. Claro, normalmente hay un lado comercial muy marcado, pero, si se quiere, se logra ignorarlo, basta verla con ese encanto y con esa ingenuidad con la que de niña leía novelas de aventura.
Ha terminado la publicidad, de nuevo la oscuridad, oscura también la pantalla. Está por comenzar la película.
Oh, no! Suena el móvil. Lo sabía. Pero, ¿dónde está? Bolsillo derecho, bolsillo izquierdo de la chaqueta. Bolsillo interno, bolsillo externo de la cartera. No es nada fácil encontrar las cosas. Usa una cartera muy grande. Lleva demasiadas cosas. Un libro para los tiempos muertos. Otro más pequeño en el caso de que el primero no le calce con su estado de ánimo, una carpetita con las boletas de pagar, pañuelos, maquillaje, gafas. ¿Donde podría estar?. Ah, no, lo está apagando el señor en la fila de adelante. Algunas cabezas se dan vuelta. Seguramente lanzan miradas de reproche en la oscuridad. Qué alivio!! No es el suyo. Ya no soporta el teléfono fijo. Se asusta, casi salta de miedo cada vez que suena. Siempre demasiado alto el volumen y, si lo baja, el tono se vuelve inquietante, casi amenazador. Y – si después de una respiración profunda – levanta el auricular: ofertas Telecom., premios falsos, anuncios de visitas de control de la dueña de la casa, el banco.....
Y para que decir del teléfono móvil. Se había opuesto hasta que había podido. En el trabajo insistían, los hijos ya lo tenían. Su marido también. Los argumentos sobre las situaciones de emergencia, los chicos en la calle de noche y la mamá que no se puede localizar. Todos lo que se dice de cómo es más fácil organizarse la vida. Cuanto tiempo se ahorra cuando se pude llamar mientras se está llegando!! Al final lo recibió como regalo de Navidad y desde entonces trata de convivir con él. Si antes se despertaba debido a una pesadilla, ahora se despierta porque escucha sonar el móvil. Si va a controlar, lo encuentra apagado – salvo algunas excepciones – y, de todos modos, calla siempre. No habían habido llamadas nocturnas.
No está completamente relajada al inicio de la película. Pero necesita tanto esas dos horas seguras, en la oscuridad, con los sonidos que salgan sólo de los altoparlantes. Trata de concentrarse, de vaciar la mente, de dejar fuera de la sala todo lo que no tiene nada que ver con la historia que está por ver. No, no es posible. Socorro! Suena de nuevo. Más bajo, débil, como mitigado por algo. Pero, a pesar de todo, le parecía que no lo había traído. Se está volviendo una obsesión. Vuelve a meter las manos en los bolsillos. En la cartera. Nada. El volumen aumenta, se vuelve insistente. Es el suyo y suena en su cuerpo. Siente incluso las vibraciones. Es ahí, ahí que suena. Debajo del jersey. Pero aquí no hay nada. Sólo la piel. Ella. Su carne. Sin embargo, suena. Un pensamiento horroroso. Desde el interior. No delires. ¡Busca! Concéntrate, no pierdas la calma. Le parece que la gente empieza a voltearse. Traspira. Ah, ahora cesa. No es posible. Espera como paralizada. Empieza a sonar de inmediato. Está allí. Dentro de ella. A la derecha. justo debajo del plexo solar. Hay que sacarlo. Inmediatamente, sin perder tiempo. Sacarlo y apagarlo. Hacer que cese de sonar. Pero ¿cómo? ¿con qué? Tiene un estuche con algunos lápices y un par de tijeras en la cartera. Las tijeras para el papel, no, no sirven. Pero al fondo, debajo de la carpeta de las boletas, está la bolsa de la papelería, su hijo le había pedido algunas cosas para educación técnica: lápices con minas duras y blandas, una goma de pan, un trinchete. Eso, el trinchete!! Es lo que se necesita. Tiene que hacer que ese teléfono se calle de una vez por todas. En la oscuridad pasa el borde inferior del jersey y de la camisa por debajo del elástico del sujetador para dejar libre la zona epidérmica alrededor del ombligo. Nada de pánico, se dice, nervios de acero, concentrados!! Por un instante deja de respirar, luego, decidida, coloca la punta del trinchete sobre la piel del abdomen.

Barbara Pumhösel nace en Neustift bei Scheibbs, Austria, en 1959. Desde 1988 vive en Bano a Ripoli (FI) donde participa en un proyecto de promoción de la lectura en las escuelas básicas y en la redacción de la sección “Narrativa para jóvenes” de una casa editorial florentina. Colabora en varios periódicos y ha publicado cuentos y textos de poesía en antologías en Italia y en el extranjero, y en las revistas “L’Area di Broca” (“El área de Broca”), "Semicerchio" (“Semicírculo”) y "Sagaranaonline", "Das Gedicht" (Alemania) y "Podium"(Austria). En el año 2000 y 2003 ganó el premio Alpi Apuane para la poesía inédita. En 2004 un florilegio suyo se publicó en la antología poética Pulvis, coperta materna (Pulvis, manta materna) de las Ediciones Gazebo de Florencia.

Traducido por: A.M.G. Bustamante Escobedo

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Anno 3, Numero 12
June 2006

 

 

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