Cuando entras, el perfume de mosto te acoge,
te envuelve, provocante, pero, de lo que se sabe,
aquí no hacen el vino, sólo que
los muros recuerdan, rezuman los siglos.
Transcurres un tiempo pegajoso en estos lugares
suspendidos
sobre el valle cuyos cristales distorsionados por gotas
que fluyen con la lentitud de siempre
ofrecen superficies veladas de violeta,
sombras suavizadas de un azul ceniza se envuelven a las unas
detrás de las otras
hasta el punto imperceptible de unión.
Aquí no hay fragor
no hay nada que desentona ni arremece,
lo fresco de la entrada murmura de ausencias,
resuena dimensiones elusivas, casi olvidadas,
un silencio que te aspira, más allá de la historia.
Traducido por: A.M.G. Bustamante Escobedo